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Redactado por: Bruno Herrera

Editado por: Hannah Caparo

La propuesta de Another Round es muy sencilla. Cuatro profesores de una escuela secundaria, en pleno nadir andropáusico, deciden desahogar sus frustraciones en una generosa comilona proseguida por una borrachera para el recuerdo. Luego de una epifanía etílica, en la cual están seguros de haber reencontrado la esencia primitiva de la juventud, el cuarteto decide poner a prueba la hipótesis de un tal Finn Skårderud. ¿Será que las personas nacen con una cantidad subóptima de alcohol en la sangre? Vestirían su ensayo con el propósito científico de una investigación.

Por supuesto, lo que al inicio parece ser un experimento que confirma sus especulaciones, pronto degenera en un desvarío desparramado, casi tocando la riesgosa puerta de la dependencia. La conclusión del estudio, a diferencia de sus primeros hallazgos, es tímida y sombría. Un suicidio y un divorcio se cuentan entre sus resultados. Pese a esto, cuando los supervivientes logran recuperarse de su vicio pasajero y se vuelven a reunir para un banquete nostálgico, la tentación del consumo aparece nuevamente. Primero, acechando detrás de la inocencia de una lata de cerveza; luego, seduciendo a través del carácter de un vino. Terminado el almuerzo, tanto la lengua como el espíritu se hallan ya en una dimensión diferente a la de la sobriedad.

Afectados por una bochornosa claustrofobia se unen a un grupo de alumnos graduados, tan alcoholizados como ellos, pero con razones aparentemente menos fúnebres para brindar. En una improvisada fiesta ribereña, nuestro protagonista, Martin, entrega sus oídos a la música contemporánea para ejecutar danzas de otrora. Su celular interrumpe intermitentemente su espontánea algarabía: es la madre de sus hijos. Quiero verte, dice, te extraño mucho. Pero él es un extraño ya. Sin contestar, coloca el aparato en su bolsillo y se ventila en una carrera frenética, sin dirección. Sus colegas lo observan, orgullosos de su desinhibición, celebrando su vertiginosa trayectoria. Por fin se decide, qué más da; se lanza al agua, sin nadie que lo reciba, sin esperar que lo recojan. Olvida que el nodo más inmediato con su expareja no sobrevivirá a la zambullida, olvida que tenía hijos, olvida que se zambullía.

El desenlace de la película, como toda ella, es menos aleccionador que descriptivo. No intenta disuadirnos del consumo de alcohol a través de una exhibición de sus eventuales perjuicios. No pretende deprimirnos a través del relato decadente de un cirroso que lo pierde todo por culpa de la botella. Another Round es un retrato de la sociedad contemporánea y las generaciones que la conforman en su faceta más ambivalente: el alcoholismo, verdadero protagonista de la cinta.

Ya nos lo había avisado la exesposa de Martin, Anika: en el país todos bebían como locos. Era cierto, hasta se podría decir que no solo para Dinamarca. Se bebe en bodas, graduaciones, bautizos, velorios, contratos, rupturas, burdeles y misas. Hay un momento para todo y para todo momento hay trago. Se bebe en momentos de angustia y de felicidad; de gloria y fracaso. Se bebe porque pareciera que no hay otra manera de vivir; el alcohol le da coherencia a la vida ahora que Dios está muerto. ¿Se podría seguir de otra forma?

¿Podría el egresado soportar la inconmensurable responsabilidad de la adultez, o el desempleado la nulidad de sus finanzas? ¿Podría el introvertido sobrellevar su impotencia social, o los recién casados aplacar la inminencia de un horizonte definido por la monotonía? ¿Podría el niño aceptar que ya no lo es? El alcohol es la respuesta discreta a todas estas preguntas. La ansiedad, evocada en la película según el pensamiento de Kierkegaard, se presenta como una influencia prominente sobre el espíritu de la humanidad. La noción del fracaso, su memoria y su posibilidad, son una locomotora capaz de empujar al hombre más allá del acto de supervivencia (Kierkegaard, 1982). No obstante, este vehículo requiere cierta clase de combustible para no caer en la trivialidad de la inercia. Por esta razón, todos los fines de semana, millones de metros cúbicos de alcohol descienden a través de las gargantas de aquellos ansiosos que desean mantener el equilibrio en la delgada línea entre la productividad y la autodestrucción.

En la sociedad alcohólica, no existe individuo funcional que no beba. Algunos, alegremente, se jactan de la dependencia en una impronta desenfadada. Elogian al líquido, pero al mismo tiempo niegan su condición narcoléptica. El trago es como el alivio anestésico para los problemas, para la vida y su transcurrir, pero tales declaraciones son un simple decir, un juego. Así pues, su consumo es meta-irónico. No se puede tomar en serio algo que está destinado a la retrotracción, al retorno a la infancia. Aquel intervalo efímero y extinto que rebosaba de posibilidades no puede compararse con la decepcionante realidad del envejecimiento, al menos, no con los cinco sentidos en marcha.

Por eso hay que tomar, por culpa de la inoportuna carencia de fe. A cambio de la promesa del paraíso, nos quedamos con la monstruosa constancia del tiempo, implacable regidor del universo. Se trata de un dios ingrato y magullador que no recompensa el esfuerzo, al contrario, lo castiga. Ya sea con incómodos surcos en el cutis o alguna punzante hemorroide; todos, sin importar el mérito o la condición, lo sufren igual. El tiempo lo destruye todo y las manijas del reloj parecen advertir, con su palpitante recorrido circular, la proximidad de la hora final.

Nada de esto pasaba por la mente de Martin. Suspendido en el aire, detenido el tiempo, solo oía la remota melodía de un parlante. No había memoria ni futuro, tan solo un presente perpetuo. Este es el paraíso, piensa e inmediatamente deja de pensar. La cámara no lo muestra más, pero podemos suponer que en esa eterna milésima de segundo que culminó la película, él fue feliz. Sin embargo, también podemos intuir que en seguida caería al agua, arruinaría su terno y su celular, probablemente perdería el trabajo y las comodidades que con su salario financiaba, no tendría la custodia de sus hijos y sería absorbido por un remolino indefinido de desgracias. ¿No había hecho lo que todos los demás hacían?

En la sociedad alcohólica, el objeto de reproche no es el consumo excesivo o innecesario de alcohol, ni siquiera la dependencia (todos son, en mayor o menor medida, dependientes). El punto en el que se pasa de ser un individuo funcional de la sociedad a personaje marginal es el momento en que se pierde la capacidad para gestionar la adicción. Entonces, el rasgo peyorativo del alcohólico es su inutilidad para la reproducción de la farsa de los fines de semana. No tiene el pulso para firmar un cheque, la vista para conducir un vehículo o la perspicacia para diagnosticar una afección. No solo se retrotrae, involuciona. Se convierte en la triste caricatura de un niño corrompido por los años, añejado por el vicio. La sociedad lo rechaza por cuanto es el reflejo distorsionado de sí misma.

O, tal vez, Martin abrazaría el alcohol de la misma forma en la que lo hacían sus alumnos. Lo tendría siempre a la mano, como culpable accesible de una depresión menos concreta provocada más bien por estructuras más allá de su albedrío. Lo tomaría, de vez en cuando, como todos los demás. El alcohol, pensaría, es un veneno, sí; pero es una ponzoña imprescindible para atrofiar la conciencia sobre algunos hechos. Si no hay vida después de la muerte, ni auténtica vida en la vida misma, no hace falta caer en la esquizofrenia. You just need another round.

Bibliografía:

Vinterberg, T. (Director). (2020). Druk [Película]. Zentropa.

Kierkegaard, S. (1982). El Concepto De Angustia. Espasa-Calpe.

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