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Redactado por: Bruno Herrera

Editado por: Hannah Caparo

Hace unas semanas, un cadáver político que circulaba con el nombre de Alfredo Barnechea salió momentáneamente del olvido debido a algunas arengas que, aunque fantasmales, causaron revuelo en las redes sociales. El ex velasquista, ex aprista, ex Fredemo, ex acciopopulista y ex político deslizó un planteamiento en clave de charlatán de kiosco: acabar con la democracia mediante un golpe de Estado militar (Barrenechea, 2021). Por supuesto, una propuesta semejante no debería extrañar proviniendo de un personaje jurásico que ya dio muestras de que nuestro país, el mismo que alguna vez pretendió gobernar, le genera gastritis. Lo que sorprende es la facilidad con la que la muchedumbre, exaltada por el momento o engullida por una vorágine de necedad colectiva, asiente ante la voluntad golpista sin mayor reparo en las consecuencias.

Hay dos posibles explicaciones para el razonamiento de los que concuerdan con Barnechea. La primera es que, cual caricatura, la realidad nacional aparece como una ficción simplona en la que todo se resolvería con un golpe de mano que solo algunos valientes están dispuestos a dar. Según esta perspectiva, la cuestión sería tan sencilla como llevar los tanques a Palacio de Gobierno, tocar la puerta y pedirle cortésmente al presidente que disponga sus funciones. No habría resistencia, derramamiento de sangre ni condenas por parte de la comunidad internacional. ¿Cómo podría haberlas? Todo se llevaría a cabo de manera pacífica y democrática. Todos los peruanos saldrían a celebrar a la Junta y vivirían felices para siempre.

La supina ingenuidad de esta lógica demuestra, sobre todo, una profunda inmadurez política que, en muchos casos, es producto de una inmadurez general. Por esto último, no es raro que la mayoría de quienes la sostienen sean jóvenes, más cercanos a las narrativas de Disney que a la Historia de Basadre. Muchos de ellos, extraídos a la fuerza del útero apolítico, ahora desperdigan disparates en las redes sociales con el aplauso resonante de todos aquellos quienes piensan igual. Las críticas les son frustrantes y por eso finiquitan sus debates con eufemismos facilistas como “comunista” o “terruco”. El mundo tiene dos bandos y ellos están en el de la democracia; solo los terroristas están en contra del golpe de Estado.

Por otro lado, están los señorones de siempre, rancios ya, pero no menos taimados. La mayor parte de estos ni siquiera se presenta en esas marchas; sin embargo, poseen recursos de sobra para financiar portátiles y movilizar a sus esbirros. Ellos saben perfectamente cuál es el verdadero significado de un golpe de Estado militar, han vivido algunos inclusive. No pocos son los que hasta ahora sollozan discretamente por el zarpazo expropiador de Velasco y más bien son muchos los que añoran con nostalgia las cuantiosas prebendas de cuando Odría era el mandamás. Este grupo, cuyas fuerzas de choque son en realidad un aparato provisional, parece estar dispuesto a destruir los frágiles fundamentos de nuestra inconclusa institucionalidad. ¿Cuál sería el problema? Al fin y al cabo, resulta conveniente remover todo aquello que sea adverso a tus intereses.

Este cónclave, mucho más avasallador y consciente del daño que propugna, no da muestras de remordimiento ante tan cínica propuesta anti-política. No obstante, ni siquiera ellos mismos son capaces de soportar la conciencia de tamaña aberración y por eso son ávidos para generar narrativas justificantes que, aunque destinadas inicialmente a la turba, terminan afectando su propia percepción de la realidad. Así pues, es muy fácil distorsionar los hechos; hacer pasar golpismo por democracia, ronderos por terroristas y fascistas por libertarios.

El golpe, piensan, es la única manera de salvar al país, su país. Si el Sur se levanta, se le manda la tropa; con unos cuantos balazos se espanta a la indiada -si es posible- hasta el lugar al que corresponde: un rincón invisible que se rehúsan a aceptar, pero que merecen por oponerse al desarrollo y a la ilustración. ¿Cuánto aportan al PBI? No son más que un pasivo de caridad social, hecho ciudadano de manera que se estuviera al corriente de las modas liberales europeas. De sus montes habían salido todas las arpías que atormentaron a la gente de bien ¿y ahora pretendían poner a un serrano de presidente? ¡Qué tal raza! Suficiente saliva tragaron con Toledo y Humala, pero la precaria bandera roja de Castillo era la gota que derramaba el vaso. El país se nos va de las manos, piensan exasperados. Aló almirante.

Lo cierto es que el Perú dejó de ser una chacra desde hace muchos años y las redes de comunicación se han expandido de forma tal que ni el poblado más alejado del país podría permanecer indiferente ante el desprecio de su voluntad. Un golpe de Estado, en estas condiciones, nos llevaría a una matanza en la que un bando, a pesar de su ventaja tecnológica y económica, no ganaría en una campaña de ida y vuelta. Todos perderíamos. En buena hora, antes de que el conflicto llegase a semejantes extremos, las sanciones internacionales que caerían sobre los golpistas serían tan severas que muchos de sus patrocinadores originales, al ver afectados sus intereses, abandonarían el proyecto autoritario. Irónicamente, la memoria histórica de sus acciones los vetaría de participar en procesos democráticos posteriores, dándole a la izquierda que derrocaron todas las razones para presentarse como una mejor alternativa (una dinámica que ya se observa en Chile). El golpe, desde cualquier punto de vista, es una pésima apuesta.

Con todo, esta retórica, inmadura o maquiavélica, perjudica cualquier posibilidad de negociación con el presidente electo, Pedro Castillo. Notablemente intrigado por su propio decidir, Castillo aún guarda las formas de campaña según las cuales se dice lo que se quiere escuchar, pero con la progresiva depravación de su oposición, que no extrañe si escucha más al grupo con mayor capacidad de reacción a la violencia: los radicales. ¿Cómo podemos exigir que la izquierda se modere si un sector prominente de la derecha parece haberse sumido en una rabia insoluble al punto de exigir un golpe de Estado? La posibilidad del diálogo se nos va de las manos.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé. Pero sé que el que requieren nuestras circunstancias no es uno coronado con quepí, sino un shock de realidad, tan fulminante como ejemplar. Es urgente la moderación de ambos lados de este polarizado conflicto pues se necesitan consensos concretos en beneficio general del Perú. Obviamente, por “consenso”, más que un mantra semántico, se debe entender una estrategia clara de negociación entre partes que, aunque con posiciones diferentes, se consideran iguales. La derecha golpista tendrá que abandonar su radicalización y aprender a negociar, quizá por primera vez en su historia. El único radicalismo bienvenido en el Bicentenario es el institucional, pues es capaz de construir puentes entre las orillas más lejanas. Ya desperdiciamos suficiente tiempo, no perdamos 200 años más.

Bibliografía:

Barrenecha, M. (1 de julio de 2021) ¿Alfredo Barnechea podría ser investigado por sus declaraciones en un mitin?: La opinión de tres penalistas. RPP Noticicashttps://rpp.pe/politica/judiciales/alfredo-barnechea-podria-ser-investigado-por-sus-declaraciones-en-un-mitin-la-opinion-de-tres-penalistas-noticia-1345233

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