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Redactado por: Bruno Herrera

Editado por: Hannah Caparo

The war in Vietnam is going well and will succeed

-Robert McNamara

Las claras losas de un baño americano reflejan el brillo blanco emitido por una bombilla doméstica. Sus superficies, impolutas y asépticas, dan la impresión de que el recinto no hubiera sido usado jamás. Como si acaso, sellado por algún extraño hechizo, aquel mundano espacio de la vivienda se hubiera transformado en templo. De pronto, ingresa el hombre. Ni siquiera su inopinada presencia es capaz de perturbar las sagradas notas que armonizan con las imágenes. Tampoco su aspecto, definido por azares genéticos y eugenesias culturales, se atreve a desafiar la continuidad del panorama. Allí, es un elemento más. El hombre blanco saca la navaja: comienza el ritual.

Se trata de una actividad tan cotidiana como milenaria. Es preciso remover las impurezas, en especial aquellas que, en el rostro,  espacio más público de la apariencia física, son capaces de cobijar todavía más inmundicia. Se trata de esas protuberancias capilares que se asoman en muchos rostros masculinos y los aproximan a la bestialidad del ancestro o al revolucionario comunista. Así pues, aunque sobre la piel solo se aprecie la tenue mancha gris con la que los pelos advierten su brote, es indispensable pasar la cuchilla.

Sin embargo, la navaja es embustera y la piel caucásica, demasiado sensible; razones por las cuales siempre viene bien la espuma para afeitar. De la gaveta, este hombre saca una lata de aquellas. “Rapid Shave”, se lee en la etiqueta. En realidad, no hay ninguna prisa. El acto podría tomar horas, meses o incluso años. Detenidamente, la espuma blanca llena la palma y esta la frota ágilmente en el semblante. Cubre toda superficie propensa a la imperfección y solo cuando el dominio de la fórmula es hegemónico, afeita.

La hoja barre con todo conato de barba, mutilando las aspiraciones lanosas y aclarando los rincones degradados por La Mancha. El corte le parece impecable… pero la impureza prevalece. Como una mácula insolente que invade una superficie virginal, se resiste a ser erradicada. Muy sencillo, piensa el hombre, nada que una pasada más no pueda solucionar.

El acto se repite, pese a que de vez en cuando algunos vellos, como inmolándose, reduzcan la eficacia de la navaja. El agua del caño, con su estigio torrente vertical, es capaz de sumergirlos en un torbellino del que no pueden regresar. El acto se repite, una y otra vez, pero la mancha no se va. Al contrario,ella crece, se empodera, emana con furia sanguínea y enrojece toda la faz. En su desesperada gesta con la pulcritud, se multiplica de forma suicida. Otra vez. Esta navaja -prodigio tecnológico del hombre occidental- avanza con carácter irredentista, lubricada por espuma rosa, devastadora como el napalm.  Aun así, La Mancha amenaza, más guinda que nunca, con abarcar el mundo.

Entonces, cuando la hemorragia comienza a inundar el lavabo y nublar la visión, el hombre piensa, acaso, por primera vez. ¿No era ese su tocador? ¿No había entrado esa mañana cualquiera a remover la pelusa de la que siempre se había deshecho sin mayor esfuerzo? La sangre salpica en la materia; pero, sobre todo, en las ideas. Si la higiene ensucia, piensa, ¿qué es lo que debe limpiarse en realidad? Habiendo fallado en limpiarse a sí mismo, dispone del último método: limpiarse de sí mismo. Tal vez, si no hubiera sujeto de higiene, no habría necesidad de higiene en primer lugar.

¿No era ese su tocador? Es demasiado tarde para salir ya, piensa, podría manchar la sala. Con la mano derecha, coloca la navaja debajo de una oreja y con paciente movimiento traza un surco profundo en su garganta. Ríos de sangre brotan, como liberados de una represa dérmica y se disparan en todas las direcciones mas una en especial. Se acabó, pensó un hombre americano en un baño hediondo. Pero La Mancha continúa su anexión del espacio y del tiempo. Su proyecto, emancipador a la vez que imperialista, se derrama lentamente hacia el sur, a través del torso de un cadáver con vida. Pretende dominar una coordenada todavía rebelde que yace indefensa sin la navaja. Como largos dedos homicidas se extiende hacia el recinto fálico, quizá con la intención de castrar a aquel enemigo que cándidamente planeó eliminarlo. Al final, La Mancha lo abarca todo y rojo es lo único visible. ¿Qué había sido del hombre? El tocador fue siempre ajeno.

Bibliografía:

Scorsese M. (1967). The Big Shave [Cortometraje]. New York : New York University’s Tisch School of the Arts.

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