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Redactado por: Bruno André Herrera Criollo

Editado por: Hannah Caparo

-¿Sabés lo que es helarte?
-No, ¿vos?
-Sí, cagarse de frío.
-No, no es solo eso…

Art Basel. Sobre la uniforme blancura de una pared prefabricada yace pegada con una brillante cinta americana una forma curva. Es una fruta, pero no cualquier fruta. Una banana, una banalidad. En una posición prudente, la solemne descripción indica Comedian; el precio de la obra provoca risas nerviosas entre los testigos. Pronto, el comentario se escabulle entre todos los asistentes de la feria. ¡¿120 000 dólares?! La prensa no tarda en llegar. Aquí o allá, el plátano se viraliza más rápido de lo que se descompone. “Absurdo”. Es una broma, debe serlo. ¿Arte o estafa? Acecha el eterno debate. “¿Qué es arte?”. Por enésima vez … ¿por qué no? Rápidamente, Comedian ingresa a la cultura popular, o sea, el olvido popular. Eventualmente, retorna -incompleto- su recuerdo, forzado por la nostalgia, y todos se preguntan cuál es el verdadero significado de ese plátano.

Para el común de los terrestres, bastaba ver el título de la obra para desentrañar su propósito, enrarecido más bien por la hiperbólica imaginación de aquellos que pretendieron dotarle de una trascendencia superior. Comedian, oh sorpresa, fue la hilarante travesura del consagrado artista Maurizio Cattelan. Los supuestos precios a los que se había llegado a transar la obra eran tan risibles como improbables. ¿Quién sería capaz de pagar una fortuna por semejante adefesio? O, mejor preguntado, ¿quién sería capaz de creerlo? De hecho, todo indica que las escandalosas cifras formaban parte de la obra (Efe, 2019).

Aun así, la atención generada por la sencilla presentación fue suficiente para atraer a miles de curiosos, de los cuales muchos pagaron la entrada de feria tan solo para fotografiarse con la afamada banana. De lejos, las colas que se formaron para tal acto debieron haber sido un espectáculo en sí mismas. Quizá, hasta la irrisoria voluntad de fotografiarse al lado de una fruta sin mayor adorno que una cinta adhesiva era parte de la obra. Más allá todavía, se podría especular que la esencia de Comedian no es la de un plátano pegado a una pared, sino el sujeto que dispone cantidades significativas de tiempo y dinero a cambio de avizorar algo “insignificante”. Desde esta perspectiva, el comediante es el asistente quien, armado con la cámara de su celular, se dispara a sí mismo junto a la banana y publica la comedia en Instagram. Por supuesto, la comedia pierde gran parte de su encanto sin es repetida obcecadamente y sin variación. No obstante, si bien la obra de Cattelan puede ser una burla contra la absurda reacción de los sujetos a un objeto, no debería leerse únicamente en clave cómica. ¿Por qué un plátano? Definitivamente, pudo tratarse de cualquier otro objeto. Así como en tantas otras obras similares que pasaron desapercibidas, es muy curiosa la elección del artista, pero resulta todavía más interesante la lectura de los asistentes.

En el 2016, un par de lentes de medida colocados furtivamente en una galería fueron confundidos por una obra de arte conceptual por parte de una inocente concurrencia (Hunt, 2016). La imagen de un camarógrafo en cuclillas, esforzándose denodadamente por obtener la mejor toma de las monturas dio la vuelta al mundo. ¿Sería acaso la última proeza del arte contemporáneo? Mi entendimiento de por qué las gafas llamaron la atención del público aplica también para la elección de un plátano por Cattelan y es muy sencillo: ambos son objetos de frecuente uso o consumo. La cantidad de artistas que replican este formato con la aspiración de alcanzar reconocimiento excede con creces a la atención que finalmente reciben y esto ocurre precisamente porque fracasan en apelar al sentimiento de utilidad en los espectadores. El asistente de galería promedio, con su capacidad de abstracción severamente comprometida, se sentirá más atraído hacia un objeto familiar y funcional como una fruta que a un cúmulo de rocas, por ejemplo. Por supuesto, todos podemos decir con seguridad que observamos al menos una piedra en nuestra rutina diaria, pero a menos que esa roca nos sirva directa e inmediatamente, su existencia tan solo cumple un propósito cognoscitivo. Tendemos a vincularnos más con lo que nos es útil, de otro modo, ¿por qué en una galería donde seguramente habría un homenaje estético a la realidad de un objeto captaría más la atención un medio? Comedian pudo haber sido la miniatura de una banana, pintada con incontrastable destreza y preciada en una suma mucho mayor; pero hubiera pasado inadvertida, en la misma forma en que efectivamente lo hicieron tantas obras adyacentes en Art Basel.

Si el concurrente encuentra mayor significado (o no-significado) en los medios (lentes como artificios para precisar la visión o bananas como alimento para continuar la existencia) que en los fines (la simple descripción artística de un objeto), Comedian no le hace ninguna gracia al arte. Y sí, ¿qué es el arte? Sin ánimo de involucrarnos en una discusión estéril, digamos que el arte es cualquier mensaje que busca transmitir una subjetividad de la experiencia humana. Está claro que el arte puede ser instrumental, como lo es en gran medida la arquitectura; sin embargo, hasta las piezas más decadentes del diseño soviético tardío ofrecen una perspectiva independiente de cualquier utilidad. La posibilidad de que el arte pierda paulatinamente su capacidad de ser fin es, en el mejor de los casos, tragicómica. Si la producción artística empieza a valorarse e inspirarse según parámetros utilitaristas perderá gran parte de su originalidad e ingresará a una fase de industrialización deshumanizante.

Dudo que lo industrial y lo subjetivo se relacionen cordialmente, aunque así quieran creerlo los supuestos promotores de la creatividad en nuestros días. Popularizada la idea de una “industria del arte”, se asienta en el inconsciente colectivo la creencia de que una obra, como cualquier otro artículo de supermercado, es un producto que puede ser fabricado en infinitas líneas de producción, cada una de las cuales sirve a los gustos y la utilidad de un público específico. Esta visión no extraña si se tiene en cuenta que la sociedad contemporánea, por efecto del deterioro de los vínculos sociales orgánicos y el repliegue hacia un individualismo radical, precisa de señales muy concretas para establecer sus criterios axiológicos. En ese sentido, los precios, con su universalidad numérica e inmediata captación se han vuelto, irónicamente, la moneda del valor. En este mundo, donde nada tiene valor que no sea valor de mercado, el arte parece transformarse, poco a poco, en una mercancía. Esta degeneración, a diferencia de lo que se podría pensar en primera instancia, viene impulsada por dos posturas más o menos antagónicas.

Por un lado, quienes defienden la validez de las nuevas formas de expresión artística de aquellos que las acusan de insulsas y vacías. En este grupo se encuentran, como se mencionó más arriba, aquellos artistas que, muchas veces sin éxito, buscan replicar el efecto Comedian con diferentes objetos presuntamente distribuidos en un arreglo simbólico. Esta clase de artistas critican el proceso de mercantilización del arte, pese a que sus obras -en cierto modo- aspiran a encajar en las preferencias de un público objetivo, una audiencia que consume. Cada vez se hace más evidente que son incapaces de generar una crítica a su propio estilo; de manera que cada obra realizada, si no es una copia disimulada de la anterior, es una actualización o mejora de un producto previo. Como si se tratara de la presentación del nuevo modelo de un teléfono celular, la autorreferencialidad indiscriminada se replica ad nauseam a modo de series y spin-offs on demand.

Aparte, los defensores de estas obras se hacen de la vista gorda cuando se les recuerda que el circuito de galerías, con el pasar de los años, viene funcionando más como un cártel que como la descentralización creativa que dice ser. Comedian jamás se hubiera exhibido en Art Basel si Cattelan no fuera un artista de renombre con un historial de cuantiosas ventas. En otras palabras, la curaduría, en muchos casos, opera con los mismos vicios que el proxenetismo (cuando no elitismo), sin tanto cuidado por lo que se exhibe como por cuánto se recauda.

Mientras tanto, se oponen a los anteriores un grupo que usualmente se autodenomina defensor del “verdadero arte”. Esta comunidad, típicamente inflamada por los nuevos lanzamientos conceptuales, aduce que toda obra que no demuestre complejidad, dificultad y magnificencia en su ejecución no es realmente artística. Para ellos, Comedian es un espantajo trivial y “una afrenta a grandes artistas, como …”. Inician una lista de fenecidos autores, muchos de ellos del Quattrocento. Sin comentarios.

Algunos en este grupo, van más allá de las restricciones anteriormente propuestas y señalan que todo lo que no manifiesta una belleza superlativa en su realización no merece mayor consideración. Cabría la oportunidad de diagnosticar una tendencia hedonista y anacrónica, ajena de los síndromes económicos propios de la posmodernidad, en este tipo de juicios. Lo cierto es que ambas posturas pecan del mismo defecto: valorar al arte según criterios ornamentales. La predilección por la representación material es tan solo una extensión de una preferencia general por lo material en otras dimensiones de la vida. Juzgar al arte desde el punto de vista de la propiedad es, en honor a la verdad, reducir su significado. Si un individuo valora una obra según cuán bien o mal se vería en un espacio de su vivienda está valorando un medio, no un fin.

Estas dos posiciones, a pesar de sus esfuerzos por reivindicarse a sí mismas, no hacen más que profundizar la alienación del arte. Ya sea por suponer que debe servir propósitos decorativos o reconfortantes, o por operar con estructuras que terminan degradando las exposiciones a meras subastas, el pricetag parece inevitable. En ese sentido, Comedian resulta, a su manera, más artístico que la propuesta mainstream de ambos bandos: el precio está en la idea. Muchos creyeron, apresuradamente, que lo que se obtenía pagando el monto era, literalmente, la fruta y la cinta americana. En realidad, Cattelan ofrecía los derechos de reproducir, de manera legal, la puesta en escena de su idea. Comedian es finalmente eso, una idea. El logro que expone Cattelan no es el esfuerzo de juntar una cinta americana y un plátano, sino el haber imaginado tal disposición en primer lugar.

La capacidad del hombre de valerse de medios naturales para alterar la realidad según patrones propios de su imaginación y transmitirlos al otro, qué duda cabe, es arte. Es verdad, cualquiera pudo haber imaginado la banana encintada en la misma forma en que todas podemos pensar en frutas con cáscara de látex, piedras anticuchadas, pulpos voladores y gatos que ladran. Las ideas, por más absurdas que parezcan, son valiosas, pues manifiestan nuestra naturaleza y nuestra artificialidad. El afán creativo que, accidentalmente, puede ser productivo; es el sello de nuestra gens y debe ser valorado cuando lo inventado sea hermoso o ridículo.

Entendido desde esa óptica, Comedian es un homenaje a las ideas, sobre todo, a aquellas cuya irreverencia y sinsentido producen particularísima disonancia en un medio ontológicamente cooptado por lo empresarial. Este propósito no es incompatible con el hilarante concepto de un experimento social, pero adquiere mayor significado como sutil arista en la que el arte entretiene mientras denuncia. Al burlarse de sus circunstancias y exponer las inconsistencias de un sistema axiológico reducido a lo económico, Cattelan reivindicó, una vez más, el valor de las ideas.

Por todo esto, últimamente me siento más atraído por la estridencia en el arte. ¿Por qué tendría que repetir el rol del espectador hedónico? El arte debe proponer un desafío y las galerías deberían operar como trampas a las que los asistentes ingresen voluntariamente para enfrentarse con lo desconocido. Los curadores, cuando necesarios, deberían tan solo firmar su esfuerzo logístico y nada más. Retornemos el valor a las ideas, momentáneamente secuestradas por estructuras de precios; juguemos con las asignaciones y los significados. Seamos sujetos artistas y no objetos de diseño. Seamos comediantes.

Bibliografía:

Efe (11 de diciembre de 2019). La revolución de la banana de Art Basel. Agencia EFE. Recuperado de: https://www.efe.com/efe/america/cultura/la-revolucion-de-banana-art-basel/20000009-4130718

Hunt, E. (27 de mayo de 2019). Pair of glasses left on US floor mistaken for art. The Guardian. Recuperado de: https://www.theguardian.com/us-news/2016/may/27/pair-of-glasses-left-on-us-gallery-floor-mistaken-for-art

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