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Columna editorial Sin Parámetros

Un fantasma recorre el Perú: el fantasma del comunismo. Es el espectro de la izquierda más radical que llega en la forma del lápiz de Pedro Castillo Terrones, quien podría convertirse este domingo en el próximo Presidente Constitucional del Perú. Muchos peruanos ven en este candidato la personificación de un estigma muy arraigado en nuestra sociedad, el de una izquierda empobrecedora, inflacionaria y que se aferra al poder. ¿Será esta una reacción visceral ante una perspectiva sobre el manejo político o una actitud más bien basada en la evidencia empírica? El análisis de la historia nacional, así como la coyuntura internacional, nos pueden ayudar a comprender mejor este fenómeno.

En primer lugar, en el Perú, resaltan diferentes momentos en la historia en los que grupos de izquierda han capturado la atención de la población. El más traumático en la memoria de muchos es la aparición de Sendero Luminoso, un grupo marxista-leninista-maoísta que pretendía librar una “guerra popular” en contra del, según ellos, “Estado burgués” (Trinidad, 2007) para instaurar un régimen totalitario inspirados en la revolución cultural de Mao Zedong en China. El inicio de sus operaciones se remonta a los últimos días del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, cuando el grupo terrorista, liderado por Abimael Guzmán, atacó un local de votación el 17 de mayo de 1980 en Chuschi, en donde robó e incendió ánforas electorales (Cossio et al., 2016). La reproducción virulenta del accionar terrorista terminó en la desaparición, tortura y asesinato de miles de personas en distintas regiones del país, lo que deterioró la reputación de la izquierda ante la memoria de muchos peruanos que no distinguieron entre corrientes extremistas y democráticas.

Años después de la pacificación del país, durante las elecciones presidenciales del 2006, el enfrentamiento entre Ollanta Humala y Alan García tomó importancia en un contexto político con matices similares al que presenciamos hoy. Las ideas de izquierda chavista que proponía Humala y los lazos de este con el gobierno de Venezuela, orientaron a la mayoría de peruanos a elegir lo que consideraban “el mal menor” de ese momento: Alan García. Esta decisión, según Trinidad (2007), pudo haberse basado, irónicamente, en el miedo a regresar a las dificultades propias del tiempo de mayor crisis económica e hiperinflación. Del mismo modo, el discurso nacionalizador que propugnaba Humala, entre otros aspectos, infundía seria desconfianza en el empresariado.

Todo eso nos ayuda a entender un poco mejor lo que ocurre en nuestras actuales elecciones, en las que el último 11 de abril, Pedro Castillo fue el outsider que dio la sorpresa.Pasó a segunda vuelta por el partido Perú Libre, fundado por Vladimir Cerrón, un autoproclamado marxista-leninista con formación política en Cuba y un programa radical planteado en el ideario de su movimiento. Este repentino ascenso puede deberse, en parte, al hartazgo de la población con los políticos tradicionales que ocuparon el gobierno central, pero también los gobiernos regionales. La proliferación de la corrupción, la ausencia del Estado, y la desestimación de brechas que, en silencio, se agudizaron, han sido elementos cruciales para la efervescencia popular que colocó a Castillo en la posición en la que actualmente se encuentra. Esta secuencia de procesos sociales se ha visto también en otros países del mundo, pero sobre todo de Latinoamérica. En todos ellos, la izquierda se ha presentado a sí misma como una alternativa de cambio y terminación de la injusticia social. Ese es el ciclo según el cual la desatención del desarrollo de políticas inclusivas en beneficio del afán indiscriminado de crecimiento (nominal o particular) incentiva el surgimiento de movimientos que reivindican las luchas por una sociedad más equitativa.

No obstante, pese a la acuciante necesidad de cerrar las brechas que prevalecen en la sociedad, en la historia latinoamericana no se observa un equilibrio sostenible entre el proyecto social de la izquierda y su manejo de la economía. Esto es un grave problema cuando, en general, cualquier tipo de política pública necesita tener un balance entre la dimensión social y económica (Parodi, 2000). Por un lado, las políticas económicas, entre otros objetivos, influyen en la estabilidad fiscal del país y, consecuentemente, en la capacidad de los ciudadanos de tomar decisiones económicas en un contexto de certidumbre. Esta se vincula rigurosamente con el crecimiento económico y la riqueza de un país. Por otro lado, las políticas sociales sirven tanto para el desarrollo de bienes y servicios públicos como para la formación de instituciones; por ende, se asocia con una mejora cualitativa de la calidad de vida de los ciudadanos en un país.

Algunos apuntan a las políticas económicas como planes que dan frutos desde el corto plazo y a las sociales como aquellas que los otorgan a largo plazo, cuando en realidad ambas interactúan estrechamente en el tiempo. Ejemplo de un equilibrio semejante lo brinda el primer gobierno de Alan García, durante el cual el Banco Central de la Reserva fue supeditado al supuesto mantenimiento del estado de bienestar. La emisión discrecional de los últimos años del gobierno aprista se agravó con la negativa a pagar la deuda externa e insistir en políticas de industrialización trasnochadas como la restricción de importaciones. La crisis económica que se generó en nombre de la justa distribución de la riqueza fue tal que posteriormente se requirieron reformas drásticas como el Fujishock para solucionar el catastrófico estado de la economía.

En Sin Parámetros consideramos que la experiencia histórica de la izquierda en el Perú y en países vecinos debe ser un factor a evaluar antes de acogerla o rechazarla. Este análisis es más importante si se tiene en cuenta que los movimientos de izquierda que actualmente gobiernan algunos países de la región no han sido garantías ni para la responsabilidad fiscal ni para la reducción de las brechas económicas que supuestamente buscan eliminar. Por otro lado, dentro de nuestra organización también existen voces que critican el planteamiento de un modelo económico que desestime variables importantes del bienestar social y la distribución de la riqueza. En esta línea, sostenemos el consenso de que la existencia de buenas políticas sociales no debería ser excluyente para con buenas políticas económicas, a pesar de que esto no suceda, generalmente, en Perú. 

En este punto, nuestro debate estriba en la manera en la que las políticas sociales, que muchas veces la izquierda superpone al marco de responsabilidad fiscal, podrían interferir con los principios económicos que viabilizan las circunstancias macro y microeconómicas del país. ¿La implementación de programas sociales a diestra y siniestra no supondría un aumento de la presión fiscal sobre los contribuyentes y una consecuente disminución de su poder adquisitivo? Del mismo modo, ¿la desatención absoluta del bienestar social y las brechas socioeconómicas no generaría un deterioro de las condiciones de vida de grandes sectores de la población? ¿No sentarían ambos modelos las bases para la desintegración social? 

Lo cierto es que la izquierda peruana ha agrupado y sigue agrupando a diversos movimientos dentro de su abanico. Algunos de ellos, como Sendero Luminoso y sus remanentes, han sido responsables de la muerte de miles de peruanos inocentes. Otras, mucho menos radicales, han demostrado tener un manejo deficiente de las finanzas públicas o impulsar propuestas que ponen en riesgo la estabilidad macroeconómica del país, a pesar de las buenas intenciones con las que las anuncian. Hoy, Perú Libre, un partido que no solo ha demostrado un talante autoritario en su discurso, sino que también lleva al podio un programa económico con vago sustento técnico, no es capaz de disolver sus vínculos con organizaciones filoterroristas como el MOVADEF y personajes sumamente antidemocráticos como el infame Antauro Humala.

Por todo esto, creemos que el estigma contra la izquierda se justifica, en gran medida, en las traumáticas experiencias que su paso por el poder ha dejado en los ámbitos económicos y sociales en el Perú (y Latinoamérica). Además, el hecho de que el partido más importante de estos movimientos en este momento no se haya desmarcado satisfactoriamente de regímenes fallidos y violentos contra la población refuerza todavía más el extendido rechazo a esta tienda que se ha visto durante la campaña. Aun así, es imperativo transformar al simple estigma en una crítica informada que señale las contradicciones de la izquierda en base a sólidos argumentos y no se quede tan solo en un “terruqueo” indiscriminado. Lo último, en una sociedad cada vez más fragmentada como la nuestra, puede producir un ambiente de polarización que impediría un contraste democrático de posturas y exacerbaría las actitudes radicales; tanto de aquellos que no han podido desligarse de su estigma como los que, con afán totalizante, se sirven de él para desacreditar cualquier discrepancia.

Bibliografía 

Cossio, J., Villar, A. & Rossell (2016). Rupay: Violencia Política en el Perú. Una historia gráfica. Lima: Random House.

ONPE (2021). Presentación de Resultados. Elecciones Generales y Parlamento Andino 2021. Recuperado de: https://www.resultados.eleccionesgenerales2021.pe/EG2021/EleccionesPresidenciales/RePres/T 

Parodi, C. (2000). Perú 1960-2000 políticas económicas y sociales en entornos cambiantes. Universidad del Pacífico.

Trinidad, R. (2007). El Perú frente al giro a la izquierda y al giro descolonial. Revista Quehacer, (164), 52-60.

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