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Redactado por Bruno André Herrera Criollo

Editado por Hannah Nicole Caparo Taylor

A partir de la pobre capacidad elocutiva que mostraba el expresidente Martín Vizcarra en sus dilatados mensajes a la Nación, podemos inferir -tal como lo hace Carlos Paredes en El perfil del Lagarto– que la lectura no es ni fue un hábito mayor del ahora inhabilitado virtual parlamentario por Lima. Pero el surgimiento de nuevos escándalos en torno a su figura (casos que ni siquiera alcanzaron mención en el que probablemente será el libro más vendido del año) nos hace suponer que, si el aludido hubiera leído tan solo un libro en su vida, este sería El príncipe de Nicolás Maquiavelo. Y si asumimos una postura todavía más exigente, podríamos decir que, de dicha obra, Vizcarra ha basado el curso de su carrera política en un capítulo específico. ¿Cuán maquiavélico es Martín Vizcarra Cornejo?

¿De qué modo los presidentes deben guardar la fe dada?

¿Por qué miente tanto? Esa es la interrogante más acuciante que se plantea el periodista Carlos Paredes con respecto a Vizcarra. Para Maquiavelo, esta pregunta sería un ejercicio de retórica o una duda sumamente ingenua. Él creía que la mentira era parte del arsenal de todo político, especialmente del de aquellos que pretendían conservar el poder. Así pues, en el decimoctavo capítulo de su célebre tratado, Maquiavelo no recomienda a los gobernantes mantenerse siempre fieles a su palabra pues semejante bonhomía se pondría, eventualmente, en su contra.

En sintonía zoológica con nuestras circunstancias, el diplomático italiano advierte también que para gobernar se debe aprender a obrar según la naturaleza de dos animales: el león y el zorro. El león por la ferocidad que muestra con sus enemigos; el zorro por la astucia y conocimiento de las trampas. Resulta un símil válido (aunque no tan reptiliano) para un político muy dispuesto a operar al borde de la constitucionalidad con el fin de sobreponerse a sus contendientes y valerse de varias tretas para beneficiarse personalmente. No obstante, hasta las trampas más eficaces necesitan un disimulo proporcional y por ello Maquiavelo sugiere desarrollar una gran habilidad para el fingimiento en un medio donde, de por sí, “quien engañe encontrará siempre a quien se deje engañar”. Pero aún el más ingenioso de los timadores operando en un medio lleno de crédulos tiene gran dificultad para sostener su farsa cuando esta adquiere una dimensión inimaginable. Esa puede ser una explicación para la caída de Vizcarra y las condiciones en las que hoy se encuentra: miente mucho sin disimular lo suficiente. ¿Es que acaso Vizcarra olvidó repasar el mentado capítulo?

El príncipe que no fue

No son pocos los que piensan que Nicolás Maquiavelo no ha hecho más que inspirar cinismo y protervia en los gobernantes; sin embargo, esta perspectiva proviene generalmente de lecturas descontextualizadas o inconclusas de su obra. En efecto, para Maquiavelo la política pertenecía a una esfera distinta de la experiencia moral humana y, por ende; no debía estudiarse a través de la óptica de los cánones éticos convencionales. No obstante, el padre de la ciencia política aducía que un gobernante no podía obrar éticamente en toda circunstancia pues vivía en un mundo donde abundan los hombres que no lo hacen y que se aprovecharían de sus convicciones para arrebatarle el poder. Las ambiciones no controladas de estas personas, dice Maquiavelo, casi siempre se convierten en campañas violentas que conllevan al desorden y la opresión del pueblo.

En ese sentido, Vizcarra no parece ser el príncipe maquiaveliano, precavido de su entorno y consciente de la amenaza que implica el desorden para la convivencia pacífica de la sociedad. Al contrario, el expresidente bien podría encarnar el arquetipo, (injustamente) denominado maquiavélico, que el escritor florentino advertía: un individuo amoral, calculador y promotor del caos. Hoy conocemos que aprovechó su condición de mandatario para acceder irregularmente a la vacuna de Sinopharm (la cual también le fue administrada a su esposa y hermano). Además, existen serios indicios de un manejo nepotista al interior del Gobierno, acto que pudo haber involucrado cuantiosas partidas destinadas a individuos cercanos al entonces presidente, sin sustento técnico alguno. Ahora mismo se cuestiona la autenticidad del contrato firmado con el laboratorio chino a la luz de un adelanto irregular de dosis destinadas a altos funcionarios. ¿Podría toda esa turbia actividad justificarse en la estabilidad del país y la preservación del orden? Los hechos dan cuenta de que las decisiones de Vizcarra no solo no evitaron la opresión del pueblo (a manos de un virus contra el que poco hizo), sino que sentaron las bases para una mayor inestabilidad política. Fuera de Palacio y desprovisto del poder que ejercía antes de ser vacado, su nuevo objetivo parecía ser la inmunidad parlamentaria que tan vehementemente criticó durante su mandato[1]. Visto así, para Vizcarra el poder no es un fin per sé, pero sí un medio del cual valerse para sí mismo.

Juego de zorros

Antes de su vacancia, cuando sobre el entonces presidente pesaban denuncias que son sustancialmente opacadas por las actuales, un sector de la opinión pública consideraba que era preciso que Vizcarra culmine su mandato y, al término de este, sea investigado exhaustivamente. El argumento consistía en que quienes querían vacarlo representaban una amenaza mayor para un país en crisis que un mandatario presuntamente corrupto. El problema de esta dicotomía tan típica de una sociedad que siempre elige su mal menor es que merma el ya de por sí débil esfuerzo institucionalizador del país. A fin de cuentas, la imagen que quedará grabada en el subconsciente de los peruanos es la de una política que no es más que un juego de zorros que compiten por el poder, colocando sus trampas y esquivando las de sus adversarios. Es una dinámica donde la inestabilidad es el orden y lo falso es, si se quiere, verdadero. En esta vorágine, el pueblo siempre será oprimido y lo único que decide la democracia es el estilo de opresión. ¿Cómo podría prosperar el bien individual si no se concilia primero el bien común? Al ciudadano solo le queda complacerse como espectador (o lector).

Maquiavelo atendería horrorizado a este espectáculo. El hombre, finalmente, habría optado por la absoluta animalidad. El zorro jamás recordaría que alguna vez fue humano porque la mentira no sería ya una medida a veces necesaria para garantizar la estabilidad política, sino un instrumento accesible para asegurar su propia supervivencia y su posición en una cadena alimenticia. Con personajes como Martín Vizcarra, ¿tiene futuro la política en el Perú? La próxima segunda vuelta de nuestros comicios electorales será decisiva para responder a esta pregunta en una época en la que el engaño se presenta con la misma prominencia y contagiosidad de una epidemia.

Bibliografía:

Machiavelli, N. (2009). Il principe. Il Principe, 1-134.

Machiavelli, N., Sasso, G., & Inglese, G. (2013). Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio. Bur.

Miranda, C. E. (1990). Maquiavelo y la ética de la responsabilidad política. Revista de filosofía, 77-84.


[1] Recientemente, el Congreso de la República, derogó esta figura luego de un debate en el que la postulación de Vizcarra al parlamento tuvo una significativa influencia.

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