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Redactado por Maria Fe Carrasco

Editado por Guillermo Villegas

Durante las últimas décadas, América Latina ha padecido los efectos de una peste mucho más mortal que el coronavirus: el populismo. Este fenómeno lleva arraigado en nuestra cultura desde hace mucho tiempo atrás. Nos remontamos a los años 40, con la primera ola populista latinoamericana, conocida entre los expertos como el populismo clásico. En Argentina, Juan Domingo Perón fue un personaje político emblemático de esta ola (Gonzales, 2007). Con posterioridad, en los años noventa, surgió el neopopulismo. En nuestro país, Alberto Fujimori representó esta nueva ola populista. Recientemente, un populismo más radical, encarnado por regímenes de izquierda, se ha difundido entre países de la región (De la Torre, 2013). Por un lado, estos gobiernos han recogido rasgos del populismo clásico al sostener una posición en contra del dominio de la partidocracia. Por otro lado, han ejecutado ciertas tácticas del neopopulismo al autodefinirse como políticos no tradicionales y reivindicadores de una segunda independencia.

Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales fueron líderes políticos que personifican este populismo radical, ya que los tres abanderaron diferentes tipos de revoluciones. Chávez lideró la revolución bolivariana, un movimiento que invocaba al socialismo del siglo XXI. Correa encabezó una revolución ciudadana que enfatizaba la soberanía nacional y el impulso de políticas redistributivas. Morales condujo una revolución cultural antiimperialista que propiciaba la pluralidad cultural. Últimamente, en Perú, tras las elecciones llevadas a cabo el 11 de abril, un nuevo dirigente sindical con una ideología semejante parece sumarse a la lista. Pedro Castillo, líder del partido Perú Libre, logró pasar a la segunda vuelta junto con Keiko Fujimori. No obstante, si bien la agenda política que promueve es, de por sí, preocupante, ya que entraña un ideario de izquierda radical, el populismo también está enraizado en sus propuestas.  Los siguientes párrafos expondrán cómo las ideas del profesor de Cajamarca resultan populistas, y, por consiguiente, perjudiciales para la democracia.

En primer lugar, es notorio cómo Castillo mediante su discurso refuerza la idea de idolatrar al Estado. El candidato aseveró que en su eventual administración dirigiría el 10% del PIB al sector de educación por un sinfín de razones que se circunscriben a la siguiente declaración: “…no permitiré que los niños se duerman en el aula, que vivan con plomo en la sangre, que el 50 % esté en el umbral de la pobreza; de la miseria; de la anemia y que no haya un Gobierno que los valore” (TVPerú, 2021). Esta medida lo que hace es ilustrar al Estado como el “Mesías”, el único agente capaz de solventar problemáticas sociales que afectan a sectores populares mayoritarios. A razón de la carencia de un sentido ético en el campo político y la indiferencia estatal provocada por anteriores gobiernos, proclama que su partido sí representará la voz del pueblo una vez asuma el poder.

En esta línea, es esencial entender que el populismo radical entiende las relaciones sociales de una manera particular. Este tiñe de antagonismo el rol que desempeñan las élites frente al pueblo, pone a ambos polos como bandos con intereses antagónicos que están en constante pugna. Por lo tanto, los líderes populistas se aprovechan de este dualismo y dicen personificar los anhelos y virtudes del pueblo, prometen liberarlos de la opresión sistemática ejercida por élites sociales, económicas y culturales. Utilizan el término “pueblo” como una construcción netamente retórica y discursiva que engloba a la sociedad, pero, sobre todo, a los más marginados. Entonces, la noción de “pueblo” trasciende e implica una promesa de redención del dominio, corrupción y trivialidad. El populismo reconoce simbólica y culturalmente a las clases más relegadas y excluidas. Sin embargo, lo único que ofrecen al electorado es un enfoque utópico, surrealista y esperanzador de un mejor futuro para las siguientes generaciones (Thunder, 2016). Esto con el fin de sumar más votos y tener mayor alcance en zonas alejadas de la urbe. 

En segundo lugar, encontramos un rasgo populista en otra declaración de Pedro Castillo: la ética estatal. Este manifestó que, si las empresas transnacionales seguían ganando 70 soles de cada 100 soles de utilidad, iban a tomar medidas radicales para mitigar esta injusticia (TVPerú, 2021). Místicamente, el Estado que retrata Castillo, simboliza la máxima expresión de moralidad pública y al mercado se le asocia con una decadencia moral. Lo privado resulta inhumano, individualista y abyecto, mientras que lo estatal, categorizado eufemísticamente como “público”, es considerado como el único agente capaz de perseguir el bien común. El Estado, de repente, asume la responsabilidad cabal de proveer un mayor grado de bienestar material a la población y subir el nivel ético. No obstante, esto es una táctica que regímenes autoritarios, como el nazismo y el socialismo, utilizaron para perpetuar el poder. Manifestaron ser los líderes redentores, los poseedores de la verdadera doctrina, los depositarios de los designios populares, los nuevos rostros de una política antisistema para solucionar problemas de gran envergadura, empero terminaron conculcando principios sacrosantos como la libertad y la democracia.

En tercer lugar, el victimismo resulta una característica inherente al discurso del líder de Perú Libre. Castillo y otros congresistas de su partido han expresado reiteradamente que están a favor de derogar la Constitución de 1993, pues, según ellos, este texto normativo vigente fue elaborado bajo una óptica neoliberal y de espaldas al pueblo. Guido Bellido, congresista por Cusco, mencionó lo siguiente: “Gracias a la Constitución fujimorista neoliberal, el pueblo ha perdido el poder que siempre debió tener. Ese poder lo tienen los partidos clásicos, de derecha, que hicieron lo que quisieron con el país” (Aznarez, 2021). Igualmente, con respecto a la soberanía nacional, comentó: “Hoy Perú está, prácticamente, como si fuera una neocolonia, conducida por Estados Unidos y manejada su economía por los organismos internacionales. Eso se tiene que acabar en Perú y terminar con la injerencia de los diferentes países y organismos internacionales a través de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG)” (Aznarez, 2021).

¿Estas manifestaciones a qué apuntan? A que el partido Perú Libre es la fiel prueba de lo que significa tener un complejo de víctimas. Con frecuencia culpan a otros (empresas privadas, agrupaciones de derecha, grupos con gran poder adquisitivo, organizaciones internacionales y potencias extranjeras) de las paupérrimas condiciones en las que las personas viven y de los males en nuestro país. Pedro Castillo, promotor del socialismo en el siglo XXI, culpa al neoliberalismo y al libre mercado de que sigamos dependiendo de la explotación de recursos naturales. Culpa al régimen económico estipulado en nuestra Carta Magna, de la miseria y las desigualdades que se cristalizan. No obstante, lo único que está haciendo en realidad es utilizar la misma fórmula que otros líderes de izquierda han empleado. Usan el término “neoliberal” para referirse a las políticas pro-mercado, cuando ni siquiera pueden dar una definición clara de lo que es y desprestigian a instituciones serias, políticas económicas congruentes y efectivas.

El populismo es un arma peligrosa en los procesos deliberativos y para los pilares de la democracia; debido a que, los líderes populistas instrumentalizan ese sentimiento de amargura de sectores populares no escuchados. Su retórica populista glorifica e incluye simbólicamente a todos los excluidos y dejados de lado por las políticas públicas centralistas. Canalizan el resentimiento y lo usan en su favor para difundir un mensaje esperanzador, lleno de promesas que, a fin de cuenta, se queda en el aire. Asimismo, debemos percatarnos que el populismo está insertado en nuestra vida cotidiana, no solo en el campo político.  Por ejemplo, cuando optamos por mentir, antes que ser honesto o cuando preferimos robarle al otro, en vez de conseguirlo por nuestros propios méritos. Por consiguiente, para erradicar el populismo político, debemos empezar por cambiar nuestra mentalidad y nuestros hábitos. Solo así podremos librarnos de un mal que cada vez se muestra más acechante.

Referencias bibliográficas:

  • Gonzales, O. (2007). Los orígenes del populismo latinoamericano: Una mirada diferente. Cuadernos del Cendes24(66), 75-104. Recuperado de:http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1012-25082007000300005&lng=es&tlng=es.
  • TVPerú (2021, 7 abril). Pedro Castillo advierte que si hay abuso de la tierra, un eventual. Recuperado de https://www.tvperu.gob.pe/noticias/politica/pedro-castillo-advierte-que-si-hay-abuso-de-la-tierra-un-eventual-gobierno-suyo-tendra-que-ordenarla
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