Perú rico, peruanos pobres: instituciones y participación política como alternativas de solución

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Redactado por Renato Gutiérrez

Editado por Nicole Ramos

Acabaron las elecciones y probablemente hayamos terminado agotados mentalmente y no es para menos. Han sido momentos tensos, de incertidumbre y miedo. Estuvimos expuestos a una gran cantidad de información verídica y fake news. Encuestas que se difundían por redes sociales; consultoras indicando quién tenía el mejor plan de gobierno; programas cuestionando cómo, cuándo y por qué un candidato debía o no vacunarse en el exterior; etc. Aunque este consumo masivo de información termina siendo agotador; nos ayuda a ser ciudadanos observadores, críticos y fiscalizadores. En estas  elecciones se ha instaurado una nueva forma de hacer política gracias a las redes sociales e invita a las nuevas generaciones a ser parte de esta. Nosotros hemos sido parte de este activismo político digital cuando publicábamos sobre las propuestas de algún candidato o explicábamos la peligrosidad del plan de gobierno de otro. Sin embargo, todo este involucramiento político ha sido por razones específicas. La primera causa fue la vacancia de Martín Vizcarra, la segunda, las marchas de noviembre contra la presidencia de Merino y la tercera, las presentes elecciones  presidenciales. En este sentido, ¿cuál debería ser la siguiente motivación para permanecer activos políticamente?

Probablemente hemos escuchado del milagro económico peruano, así como de una exitosa reducción de la  pobreza, de la desigualdad y de otros indicadores macroeconómicos que nos sugerían un constante crecimiento y nos prometían un pronto desarrollo. Sin embargo, la pandemia terminó por desnudar las fallas estructurales que teníamos como país. Los gobernantes, a pesar de sus buenas intenciones y de dictar medidas que fueron felicitadas a nivel internacional, no lograron sobreponerse a los retos que trajo la pandemia. Un flamante anuncio de entrega de  tablets que nunca llegaron; vacunaciones con un criterio inadecuado; un sistema de salud con escasa disponibilidad de camas UCI; una entrega de bonos tardía; construcciones de plantas de oxígeno inoperantes; la entrega de canastas a personas que no lo necesitaban; la corrupción generalizada en la compra de EPS; etc. Todos estos ejemplos reflejan las consecuencias de no haber fortalecido el estado a nivel institucional.

Pareciera que estuviéramos atrapados en una situación en la que nada de lo implementado funciona.  El crecimiento económico no se refleja en un mayor nivel de desarrollo evidenciado en la  abismal diferencia entre nuestros envidiables números macroeconómicos y nuestro vergonzoso grado  de institucionalidad. Muchos politólogos, economistas y sociólogos ya venían advirtiendo la  importancia de la institucionalidad en una república y el peligro de no preocuparse  en ella. Como sociedad, en los últimos años, nos hemos quedado complacidos con una sólida estabilidad macroeconómica, una política fiscal responsable y algunos logros culturales tales como ser alabados por nuestro pisco, gozar de una de las 7 maravillas del mundo, ser un destinos culinario mundialmente reconocido, entre otros. Se cumplió de una forma no peyorativa la frase: “pan y circo para el pueblo”. ¿Qué reclamos hacemos para mejorar las instituciones,  exigir una mejor redistribución de la riqueza, una urgente reforma política o judicial, un cierre de  brechas educativas, igualdad de género, inclusión financiera, etc? Ninguno. Sin intención de demeritar los importantes logros culturales obtenidos, quisiera recalcar que este orgullo nacional se tradujo en conformismo político y este, a su vez, en el desmedro del fortalecimiento institucional —necesario para evitar todo lo mencionado en el párrafo anterior—.  

Sobre este conformismo presente por más de 30 años, Alberto Vergara menciona que los peruanos  hemos estado en una embriaguez producto del crecimiento económico sostenido, creyendo que esto  es suficiente para lograr el desarrollo. Es decir, se confió en que la modernización económica llevaría  a beneficios institucionales; no obstante, la pandemia ha demostrado que no necesariamente es así (Vergara, 2018). En la misma línea, Carmen McVoy sostiene que la pandemia ha sacado a luz lo peor  de nosotros: nuestras debilidades institucionales, nuestra incapacidad de asignar recursos  correctamente y, una corrupción a diestra y siniestra. Además de revelar un individualismo propio de un  capitalismo salvaje, este sálvese quien pueda que en los últimos 20 años ha ido erosionando el  sentido de comunidad (Chávez, 2021).

Por su parte, Acemoglu y Jhonson (2001) y Acemoglu y Robinson (2012) plantean que las instituciones  son el principal determinante del crecimiento y desarrollo, dado que estas promueven la expansión  del PBI en el largo plazo, la productividad y prosperidad económica. Asimismo, los autores afirman que estas instituciones no son exógenas a un país, sino, por el contrario, son creadas por la sociedad a través de un  proceso político. Así pues, la institucionalidad y el crecimiento a largo plazo de un país estarán  determinados por la calidad del proceso político. Siguiendo la misma línea, Guezzi y Gallardo (2014)  explican que la institucionalidad política de un país construye las leyes que gobiernan una economía  y modifican los incentivos que la rigen. Ergo, la ausencia de partidos políticos afectará la gobernabilidad  y representatividad del estado y se desencadenará en la falta de coherencia y consistencia de políticas  públicas. De esta manera, los partidos políticos tienen un rol fundamental en el fortalecimiento institucional y es necesario hacer un diagnóstico de cómo están constituidos los partidos políticos en  el Perú. 

Según Levitsky y Zavaleta (2019) “Como el ambulante que busca cada día una esquina donde ofrecer  su mercancía, la política peruana ha quedado reducida al candidato rebuscando  sitio para la elección de mañana. El político peruano no hace carrera, sobrevive” (p. 9). Los autores sostienen que este fenómeno de escasa lealtad política se debe a la carencia de incentivos y recursos para construir una  organización política. Ante dicha ausencia de incentivos, los ambulantes de la política consiguen sustitutos partidarios que pueden ser universidades-partidos, medios de comunicación o los “vientre de alquiler”  —partidos que se alquilan para una elección—. Por otro lado, nosotros, los electores, mediante nuestro voto podemos castigar o premiar a dichas organizaciones políticas. En ese sentido, si no castigamos este tipo de prácticas a la hora de elegir a nuestros gobernantes, permitiremos que se siga institucionalizando la política sin partidos. Ergo, continuaremos con un sistema de representación deficiente.

En conclusión, debemos considerar que nuestro involucramiento en la política debe haber llegado para  quedarse. No creer que nuestra responsabilidad acabó cuando logramos la renuncia de Merino o que nuestra labor como ciudadano responsable terminó cuando votamos en las elecciones. Debemos  entender que si queremos llegar a ser un país desarrollado necesitamos comenzar a pensar en términos  de inclusión social, descentralización, de igualdad de oportunidades, de cierre de brechas sociales, etc.  A su vez, es hora de que entendamos que para llegar a esta senda de desarrollo de largo plazo no solo necesitamos de buenas cifras macroeconómicas o de una buena responsabilidad fiscal, sino también de instituciones sólidas e inclusivas que permitan generar un ecosistema igualitario en materia de oportunidades de educación, salud, etc. Asimismo, para conseguirlo es necesario replantear la importancia que le damos a los partidos políticos sólidos e incorporarlo como un factor importante a  la hora de tomar una decisión política, de lo contrario, volveremos a llenarnos de sustitutos partidarios y continuaremos en este círculo vicioso en el que estamos hace más de 30 años. 

Finalmente, quisiera terminar el artículo con una pequeña reflexión: ¿qué podemos hacer para  mejorar nuestro país? La respuesta ya la tenemos. Apostar por el fortalecimiento institucional y la  participación política. Si la crisis financiera de los años 80 ayudó a generar un consenso social sobre la  importancia de la independencia del BCRP y de la responsabilidad fiscal, es hora de aprovechar esta crisis política para generar consensos sobre la importancia de apostar por instituciones tanto económicas como políticas. Ese es el siguiente paso. Si bien ha sido importante que emitamos un voto responsable, un voto responsable no termina el día de las elecciones, un voto responsable es un compromiso que perdura en el tiempo. Se trata de formar un ciudadano crítico, un ciudadano que lee y que se informa. Sin lugar a duda, esta será una tarea que demandará tiempo y esfuerzo, pero que al final será un legado generacional que disfrutarás y que tus descendientes te lo agradecerán. No dejemos que esta crisis sea un capítulo más de nuestra historia política, sino que sea el  inicio de una nueva historia. A puertas del bicentenario, nos toca reconstruir una nación y comenzar a forjar los cimientos de una nueva y verdadera república.

REFERENCIAS:

Acemoglu, D., & Jhonson, S. (2001). The Colonial Origins of Comparative Development: An Empirical Investigation. American Economic Association, 5, 1369-1401. https://economics.mit.edu/files/4123.

Acemoglu, D., & Robinson, J. (2012). Why Nations Fail. The origins of power, prosperity, and poverty. Crown Publishers. https://edisciplinas.usp.br/pluginfile.php/3954893/mod_resource/content/0/Why-Nations-Fail-Daron-Acemoglu.pdf.

Chávez, R. (2021). Carmen McEvoy: “Hemos llegado a los 200 años de la Independencia sin oxígeno”. Ojo Público. https://ojo-publico.com/2382/hemos-llegado-los-200-anos-de-la-independencia-sin-oxigeno.

Ghezzi, P., & Gallardo, J. (2014). ¿Qué se puede hacer con el Perú? Ideas para sostener el crecimiento  económico en el largo plazo. Universidad del Pacífico, pp. 63-97. https://repositorio.up.edu.pe/bitstream/handle/11354/2429/GhezziPiero2013.pdf?sequence=1.

Levitsky, S., & Zavaleta, M. (2019). ¿Por qué no hay partidos políticos en el Perú? Editorial Planeta.

Vergara, A. (2018). Ciudadanos sin República. De la precariedad institucional al descalabro  político. (2.a ed). Editorial Planeta.

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