Los buenos y los malos

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Escrito por María Fe Carrasco

Editado por Cristina Castro

Ser de izquierda o de derecha resulta ser una de las disyuntivas más frecuentes a la que nos enfrentamos como sujetos políticos. En los últimos años, es imposible no plantearse esta interrogante dada la gran polarización política. No obstante, tener una afiliación supone algo mucho más trascendental que sólo compartir convicciones. De hecho, ser de izquierda o de derecha entraña una problemática subyacente: el maniqueísmo. Esta doctrina sostiene que desde el principio de la humanidad han existido dos sustancias claves: la luz, Ormuz, y la oscuridad, Ahriman. La primera proviene del bien y se equipara con Dios, mientras que la segunda, el mal, simboliza la materia. (Javier Molina, 2019) Este dualismo peculiar perpetúa una dicotomía que se reduce a la existencia del bien y del mal; no hay un punto medio. Lo interesante surge cuando el maniqueísmo se concibe como una manera de entender las relaciones sociales, sobre todo, en el campo político. Inmediatamente nace una jerarquización a raíz de la división de la sociedad en dos grupos que están en una constante pugna: los buenos y los malos.

Esta pugna se ha acentuado los últimos cinco años, a raíz de la nefasta crisis política que inició en el 2016, con la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski y, posteriormente, con la disolución del Parlamento obstruccionista por parte de Martín Vizcarra. Es claro que la crisis política en nuestro país se agudiza más con cada acontecimiento. En noviembre del año pasado lo vivimos en carne y hueso durante la vacancia de Martín Vizcarra y la conmoción social que le sucedió.  Definitivamente, después de la enorme inestabilidad en la que nos hemos sumergido estos años, prácticamente resulta insólito pensar en partidos políticos consolidados y juiciosos. Ergo, el espectro político se ha simplificado en dos ramas principales: los conservadores y los progresistas.

Agrupaciones de ambos bandos luchan por acceder al poder en contextos electorales y no electorales. No obstante, lo hacen de manera que las reglas de juego vigentes son quebrantadas para su conveniencia. Y es así como, en esta línea, la idea de maniqueísmo emerge. Los conservadores categorizan a los progresistas como los malos y viceversa. Los maniqueos en política están firmemente convencidos de su propia excepcionalidad, se autoproclaman emisarios de la verdadera doctrina y poseedores del absoluto. Mientras que asocian a sus oponentes con la maldad y los identifican cómo los que siembran el caos en el mundo. Esto es fácil de observar en cómo los políticos peruanos han interpretado las normas constitucionales arbitrariamente. Por un lado, los progresistas se refirieron a la juramentación de Manuel Merino como presidente de la República en noviembre del 2020 como un “golpe de estado”. Por otro, los conservadores justificaron su accionar para destituir a Vizcarra bajo la causal de “incapacidad moral”. En este panorama, una parte había sido la causante de la nefasta y catastrófica situación que atravesamos, mientras que la contraparte la acusaba de actuar ilegítimamente.

Asimismo, la política peruana ha sido sucumbida por el disenso y la frecuente estigmatización al oponente con el uso de términos injuriosos.  Por ejemplo, recientemente, Rafael López Aliaga dio la siguiente declaración en vivo, en un programa televisivo: “Yo no reconozco a Francisco Sagasti como presidente, sino como fino terruco”. (Willax, 2021) ¿Cuántas veces la derecha conservadora ha “terruqueado” a un funcionario público o ha empleado apelativos despectivos para referirse a alguien que defiende una agenda política distinta? Algo similar ocurre con la izquierda. ¿Cuántos usuarios que simpatizan más con el Partido Morado o Juntos por el Perú no han hecho comentarios impertinentes o irrespetuosos sobre la devoción religiosa que expresa López Aliaga? Parece una lucha entre bandos con intereses antagónicos que no pueden conciliar, ya que sus sesgos y preconcepciones no se los permiten.

Pese a esto, mi punto no es indicar si la izquierda es mejor o lo es la derecha. A mi parecer, ninguna lo es en términos morales. Separar a la sociedad entre los virtuosos y los no virtuosos trastoca dos conceptos primordiales que son la ignorancia y la humildad; esto puede acarrear repercusiones serias sobre los pilares de una democracia. Es notorio que cada lado va a pensar que obra por el bien común y aboga por proteger los principios éticos más relevantes; sin embargo, la moral individual no puede predominar sobre otra en la política. Por supuesto que las múltiples cosmovisiones deben de coexistir, pero requieren estar debidamente sustentadas en criterios de razonabilidad y tutelar los derechos constitucionales transcritos.

Considero que ciertos elementos y matices de distintos partidos podrían ser concatenados. De esa manera podremos no solo criticar a los demás, sino también elaborar una autocrítica. Las mentes moralistas deben reorganizarse. Estas deben interiorizar conceptos unificadores como el altruismo y la solidaridad para dejar de antagonizar a alguien con el que tengamos discrepancias ideológicas y referirnos a este con términos denigrantes. No se debe fragmentar la política de esa forma. La democracia no está teñida de un solo color. No seamos maniqueos, seamos seres pensantes.

Referencias:

  • Haidt, J. (2012). The Righteous Mind (2.a ed.). Nueva York, Estados Unidos: Penguin Books.
  • Meléndez, C. (2020, 15 noviembre). Perú: claves de la crisis política en un país sin partidos. Recuperado 22 de marzo de 2021, de https://theconversation.com/peru-claves-de-la-crisis-politica-en-un-pais-sin-partidos-150148
  • Molina, J. (2019). Introducción al dualismo maniqueo. Cuadernos Judaicos, (36), 98-109. doi:10.5354/0718-8749.2019.55867

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