Las posibles guerras post-pandemia y la necesidad de una estabilidad en el gasto militar, aún en tiempos de crisis.

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Escrito por Sebastian Sanchez

Editado por Flavio Abanto

No es un secreto. Hoy en día, la crisis sanitaria global provocada por la pandemia del COVID-19 vuelve a poner al mundo en un contexto de crisis que, claro está, afecta económicamente a muchos países. Un buen ejemplo es el caso de Alemania, país que no había experimentado un retroceso en su crecimiento económico en una magnitud similar desde el término de la Segunda Guerra Mundial en 1945 (DW, 2020). Dentro de escenarios recesivos como este, el recorte del gasto militar suele ser una de las primeras salidas aplicadas por algunos gobiernos para hacerle frente a las crisis. En este escenario, es oportuno preguntarnos: ¿es aquello lo más acertado? Conocidas teorías de la sociología, evidencia histórica relevante y acontecimientos bélicos actuales, como la guerra post-pandemia entre Armenia y Azerbaiyán, nos hacen pensar que, posiblemente, en tiempos de crisis y escasez de recursos económicos, aquello en lo que menos deberíamos pensar como país es la drástica reducción del gasto en defensa.

Para muchos, la principal razón de ser del gasto militar es, en su instancia más básica, la existencia de conflictos. Puede que esta representación, pese a no ser del todo exacta, sea una respetable y válida simplificación de la realidad. En ese sentido, el criterio que responda a la pregunta “¿cuándo invertir más en defensa?” vendría guiado por la respuesta de “¿cuándo es más probable que exista un conflicto?”. Siguiendo esta lógica, si mayores son las probabilidades de ocurrencia de un conflicto armado, entonces mayor debería ser el gasto en defensa. 

Este planteamiento, en consecuencia, nos invita a buscar los factores que explican la existencia de conflictos en la sociedad y, en este sentido, podemos preguntarnos: ¿en qué momento aparecen los conflictos? Ante esta pregunta, la teoría del conflicto social puede ser un buen punto de partida para aproximarnos a un mejor entendimiento de esta interrogante. Por su parte, la presente teoría afirma que el conflicto es una constante sociológica y se encuentra presente en todas las sociedades y grupos humanos (Mercado & Gonzáles, 2007). Así, la respuesta corta a la pregunta sería: “los conflictos no aparecen y desaparecen, están presentes en todo momento”. Esta explicación podría ser, quizá, un tanto arbitraria para la pregunta planteada. La teoría sostiene que el conflicto está constantemente presente en la sociedad y, en consecuencia, ella es razón suficiente para sustentar que el gasto militar, por su parte, también debe encontrarse constantemente presente dentro del gasto gubernamental de una nación.

¿Es este todo el sustento del artículo? Evidentemente, no. Pese a que la teoría del conflicto social puede ser un buen argumento que apoye la necesidad de una estabilidad en el gasto militar de una nación, la arbitrariedad de la respuesta puede convertirla en una no tan convincente para algunos. Y, claro, no convence desde el momento en el cual nos damos cuenta de que la paz, pese a no ser eterna, existe, y los países no se encuentran en un visible conflicto todo el tiempo. En consecuencia, podemos pensar, quizá de manera precipitada, que la existencia de paz temporal derrumba la validez de la teoría del conflicto social. Sin embargo, si analizamos el argumento de forma más profunda, podemos llegar a una interesante deducción al respecto: la existencia de paz no significa la ausencia del conflicto.

En este punto, tenemos claro que el conflicto siempre se encuentra presente; sin embargo, para entender a fondo su naturaleza, hace falta preguntarnos: ¿qué es el conflicto y por qué suele ocurrir? En respuesta, autores como Sills (1979) definen al conflicto como una lucha en torno a pretensiones a estatus, poder y recursos escasos. En particular, este último factor es el que le es más familiar a un contexto de crisis económica. Y la figura es clara: los recursos implican mayores oportunidades de crecimiento económico para el país que los posea y, por ello, es probable que los conflictos armados entre naciones que acaban de sufrir una crisis económica estén ligados específicamente a un motivo de obtención de recursos de trasfondo. Por ello, toma sentido la evidencia histórica que nos muestra múltiples conflictos armados acontecidos luego de grandes recesiones económicas a nivel tanto local como mundial.

Basta con realizar una vista cercana a la línea temporal del siglo XX para observar que esta relación entre crisis económica y guerra existe, y es significativa. En el plano internacional tenemos el ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, la cual, según diversos autores, tuvo una estrecha relación con la Gran Depresión económica y la caída de la bolsa de valores en el año 1929 (Sectorial, 2015). Asimismo, también tenemos el ejemplo de la conocida Guerra de Vietnam, en la década de los 70’s, antes y después de la crisis del petróleo en 1973. En el caso peruano, podemos hacer mención al Conflicto del Alto Cenepa en 1995, el cual, coincidentemente o no, aconteció cuando el Perú se encontraba aún golpeado por una fatal crisis social y económica provocada por la hiperinflación y el terrorismo.

El caso es que, aparentemente, algunos países ven, durante una crisis social o económica una significativa vulnerabilidad en sus adversarios y, en consecuencia, un motivo suficiente para el inicio de una guerra. Además, debemos considerar que la competitividad por el dominio geopolítico que, hoy por hoy, caracteriza la relación entre los países alrededor del mundo incrementa considerablemente el riesgo de un conflicto armado. Pero no solo eso; existen factores que podrían incrementar aún más la probabilidad de ocurrencia de una guerra: problemas fronterizos sostenidos a lo largo del tiempo, diferencias culturales, diferencias religiosas, entre otros. Esta figura es resumible y entendible de la siguiente forma: los países viven en un marco de alta competitividad y si a ello le sumamos un escenario con problemas que generan fricciones entre los países, el “estallido” de la tensión en forma de guerra es simplemente cuestión de tiempo. 

Hoy en día tenemos un buen ejemplo de esta situación: la guerra entre Armenia y Azerbaiyán, en la región de Nagorno-Karabakh, la cual muestra una vez más que la existencia de una paz temporal bélica no significa la desaparición del conflicto social. Ambos países, históricamente, han mantenido diferencias culturales e ideológicas sostenidas a lo largo del tiempo. Esto era de esperarse: la región del Nagorno posee una población mayoritariamente armenia; sin embargo, se encuentra en territorio azerí. Ambas naciones iniciaron una guerra luego de la caída de la Unión Soviética por la disputa de esta región y luego acordaron un “alto al fuego” en 1994, año desde el cual la región se ha mantenido en constante tensión social, pero sin mayores conflictos armados. Es evidente que existían asuntos limítrofes pendientes por resolver entre ambos países y no fue hasta el presente 2020, año en el cual estalla la crisis sanitaria global, que Azerbaiyán encontró el momento para reanudar militarmente el conflicto. ¿Mera coincidencia? ¿Fue este contexto de crisis global aprovechado por Azerbaiyán para reanudar el conflicto armado “pendiente” contra Armenia? 

Podemos construir muchas teorías al respecto, pero el argumento toma fuerza si consideramos, como otro ejemplo, el caso peruano en la Guerra del Alto Cenepa en 1995.  Tampoco es un secreto: es conocida por todos la situación que atravesaba el país en ese momento, luego de una crisis económica y social ocasionadas por la hiperinflación y el terrorismo, respectivamente. En ese contexto, tiene sentido pensar que los conflictos aparentemente inconclusos en 1941 y 1981 invitaron al gobierno ecuatoriano a mirar de cerca la situación peruana durante los años siguientes y buscar atentamente alguna vulnerabilidad en forma de crisis en su adversario (Perú). Es así como podemos deducir que la crisis económica y social, iniciada en 1985 pero que se sostuvo por varios años, fue motivo suficiente para que el gobierno ecuatoriano, al juzgar vulnerable al Estado peruano, opte por reanudar los conflictos armados en el año 1995.

Entonces, vale preguntarse, ¿la pandemia del COVID-19 traerá consigo el surgimiento de nuevos conflictos armados? Sabemos que la pandemia es causante de crisis y, por lo tanto, vulnerabilidad para las naciones. Hemos observado que, en el pasado, en múltiples ocasiones, esas vulnerabilidades han sido motivo suficiente para el inicio de un conflicto armado entre dos países que han mantenido diferencias a lo largo de la historia. En ese sentido, la evidencia histórica relevante al respecto parece indicar que la respuesta a la pregunta es sí. Pese a que la crisis se encuentra ahora mismo afectando prácticamente a todos los países del mundo, unos se ven afectados más que otros. Además, la evidente necesidad de reasignar el presupuesto del gasto gubernamental hacia sectores como el de salud provoca que múltiples gobiernos opten por reducir drásticamente su gasto en defensa. Ello, de manera directa o indirecta, supone una mayor vulnerabilidad para los países en cuestión.

En los países latinoamericanos, noticias recientes como la posible compra de aviones F-16 por parte del gobierno colombiano nos muestran el hecho de que algunos países de la región no se encuentran descuidando el gasto en defensa (Avion Revue, 2020). Este gasto en defensa, no obstante, no siempre supone la intención de un país de entrar en guerra con otro, pero sí puede reflejar el hecho de que un país tiene claro que las crisis traen consigo vulnerabilidades, escasez y, en consecuencia, posibles conflictos armados entre naciones. Generalmente, las crisis provocan el deterioro de la actividad económica, por lo que, durante estas, la búsqueda de recursos para tener mayores oportunidades de recuperación puede ser un motivo por el que, en algunos casos, los países se ven incentivados a iniciar un conflicto armado. Por ello, la respuesta a la pregunta inicial, ¿en qué ocasiones es más probable la ocurrencia de un conflicto armado?, probablemente sea: en múltiples ocasiones y escenarios, pero especialmente en contextos de crisis económica. 

Por ende, en un contexto como el actual, en el que la crisis aumenta la probabilidad de un conflicto armado entre naciones, el gasto militar puede cumplir una función preventiva e incluso, aunque suene contra intuitivo, la función de garantizar la paz. En algunos casos, el hecho de que las naciones no descuiden su gasto en defensa puede permitir mantener el conocido “equilibrio de fuerzas armadas” en la región. En tal escenario, los países observan entre sí menos vulnerabilidades y, en consecuencia, menos motivos para iniciar un conflicto armado. Por ello, al final del día, el gasto militar puede cumplir un objetivo distinto de aquel en el que se suele pensar, uno que va más allá de simplemente sostener conflictos armados, uno que busca mantener la paz, la cual, en un contexto como el actual, está claro que todos debemos buscar.

Fuentes:

Avion Revue (2020). Se acelera la potencial venta a Colombia del F-16. Avion Revue

DW (2020). Caída histórica del PIB por el coronavirus. ¿Cómo superará Alemania la crisis? https://www.dw.com/es/ca%C3%ADda-hist%C3%B3rica-del-pib-por-el-coronavirus-c%C3%B3mo-superar%C3%A1-alemania-la-crisis/a-54385332

Mercado, A., & Gonzalez, G. (2007). La teoría del conflicto en la sociedad contemporánea. Espacios Públicos, 11(21), 196-221. https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=67602111

Sectorial (2015). La gran depresión: Factor propiciador de la Segunda Guerra Mundial. https://www.sectorial.co/articulos-especiales/item/51247-la-gran-depresion-factor-propiciador-de-la-segunda-guerra-mundial

Sills, D. (1979), Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales, vol. 3. Madrid: Aguilar.

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