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Editado por Cristina Castro

Nuestra cultura peruana es particular debido a muchos factores, desde las problemáticas que siempre han sacudido a nuestra sociedad, hasta el humor con el cual el peruano promedio se burla de estas (memes, videos “editados”, entre otros). Plasmamos nuestro ser cultural a través de diferentes expresiones que compartimos en las diversas plataformas de comunicación. De esta manera, se destaca lo que causa “gracia”, sea por el motivo que fuese: morbo, burla, seguir al resto, ofender, molestar a un tercero, etc. En los últimos años, este tipo de casos se ha multiplicado, puesto que la proliferación de las pantallas ha generado que ya no solo existan personajes de la televisión, quienes pueden haber sido reconocidos como “famosos” ya sea por mérito propio o porque eran lo único que la sociedad podía apreciar debido a que no había “nada más” que ver; es decir, una victoria por default. Las redes sociales como Instagram, Facebook, Youtube y, ahora, Tik Tok se convierten en un espacio para que cada individuo pueda “hacerse” notar. De esta manera, la farándula peruana tiene que expandir un poco más su “exclusiva” alfombra roja, puesto que existen más individuos que se hacen conocidos por nada en especial.


El concepto de ser famoso en Perú hace unas décadas dista mucho de lo que implica serlo ahora. Los programas de la televisión peruana como Trampolín a la Fama, Risas y Salsa, Triki Trak, Fantástico, Nubeluz o Aló Gisela, Taxista Rara, Torbellino eran la fuente de las celebridades del medio. De esta manera, las caras conocidas en el medio pre “Chollywood” se limitaban a Augusto Ferrando, Yola Polastri, Rocky Belmonte, Rulito Pinasco o Gisela Valcárcel; ellos eran nuestras estrellas locales en un contexto en el que el medio audiovisual peruano no era fuente de individuos endiosados por la población. Por ejemplo, Gisela Varcárcel representó un antes y un después en el concepto de conducción de programas televisivos, puesto que la “señito”, llegaba a todos los hogares y empatizaba con las amas de casa de la época, lo cual, ahora dista de la realidad. Sin embargo, muchos de estos personajes permanecieron en lo que es la televisión en sí, lo que dificulta la ejemplificación de la universalización del vedetismo, el cual, según Lipovetsky y Serroy (2010) se caracteriza por la proliferación de la imagen en todos los diferentes sectores: negocio, arte, moda, política, etc. Un ejemplo un tanto cercano es el de Susy Díaz, quien de ser vedette logró convertirse en congresista del partido político Movimiento Independiente Agrario – MIA, mediante el uso de su poder mediático que prevalece hasta ahora. Asimismo, los jugadores de fútbol de la época (Nolberto Solano, Juan Carlos Oblitas, Roberto Palacios), quienes llevaron el nombre de la selección peruana, pero se limitaron en su campo en el que destacaron, dejando el show business de lado durante esos años. Entonces, en ese contexto un tanto lejano a la realidad actual, no abundaba la prensa vulgar, la ridiculización de la persona, el show, la mediatización de la intimidad, ni nada muy cercano a ello. Se apreciaba la cercanía, el carisma y el humor que generaban los “famosos” de la época con el público, lo cual se mantiene por parte de la generación que los valoró.


La alimentación a la vulgaridad fue el punto de partida para que el ciudadano empezara a valorar el morbo, la sexualización de la figura de la mujer, los chismes, etc. Años después, a finales de los años 90 nacían programas como Laura (1998), criticado y conocido por la denigración de una persona o individuo del público, quien se prestaba al «chongo» para conseguir algo de dinero con el fin cubrir sus necesidades económicas. Asimismo, fue el inicio de uno de los personajes que, a mi parecer, engloba la palabra del génesis de la prensa vulgar: Magaly. Lipovetsky y Serroy (2010) expresan que la prensa indigna y vulgar busca el escándalo, complace la insignificancia y no progresa si no hay público que la demande. De esta manera, se fomenta un círculo vicioso, puesto que la prensa le da el morbo que la sociedad “solicita”, eso genera que el público pida más, los programas de espectáculo “le dan” más, entonces el ciclo continúa. En los 2000s nacen estos programas o bloques televisivos (Magaly, Amor Amor Amor) cuya fuente de facturación es promover el consumo de la vida íntima de los “famosos” de entonces y, como implicancia, volver “conocido” al entorno que los rodea y, a la vez, lograr que los famosos en cuestión sean más famosos. Esta prensa gana, conforme es cada vez más sintonizada, más poder: puede lograr hundir la reputación de alguien, como también limpiarla, lo que le sea más conveniente. Esta prensa va de la mano con el nacimiento de los Reality Shows, que son programas concurso cuyo único objetivo, a final de cuentas, es novelizar la vida de los participantes. En este contexto, la frase de los autores “ser conocido por nada” cobra sentido, puesto que el nombre de la persona empieza a “sonar” debido a que forma parte de un triángulo amoroso, fue captado o captada en estado de ebriedad, es “bonito(a)”, entre otros; ahora ese es el talento que motiva el aprecio de los demás y forma parte del génesis de “Chollywood” o farándula peruana. Así como lo señaló la filósofa Amelia Varcárcel (Balbona, 2008): “existen ciertos medios de comunicación interesados en la formación de plebe»; es decir, en contribuir a reducir el nivel cultural y moral de la gente en lugar de aumentarlo. Entonces, la nueva cultura del famoseo se implanta principalmente a través de los medios televisivos que son acaparados por una prensa vulgar que busca la exposición de los individuos con la finalidad de ganar rating, lo cual incentiva al morbo de los sintonizantes por saber más, criticar más y formar un juicio acerca de cada miembro de “Chollywood”.


Las plataformas para la crianza del famoseo se han expandido debido al alcance de las redes sociales en los últimos años. La sobreabundancia de los medios de comunicación ha cambiado el método la incorporación de un nuevo famoso a nuestra atiborrada alfombra roja. De esta manera, nace el término de “hacerse viral”, puesto que solo basta un video gracioso, un chisme, un comentario en alguna red social, un video que te exponga como ser humano, filtraciones de audio: “Felicidades, existes porque te ven y no te ven porque existes”. Este modo de implantación de los nuevos famosos ya no busca rating, sino likes y vistas; puesto que ahora ya no quieren que vean su programa, eso ya no basta, ahora buscan expandirse en otros medios que impliquen la aprobación y/o validación de su público. Entonces, nacen los influencers, cuyo nombre es una marca que vende un “status”, una forma de ser, un estilo de vida. Como su nombre lo hace evidente, su opinión influye en el medio “farandulero”: si los seguidores de estos personajes ven que visten de una manera o recomiendan una marca, estos compran lo que se les “recomendó” debido a que quieren seguir su estilo, los endiosan de cierta manera y buscan identificarse con ellos. De esta manera, las empresas ven a la imagen de los famosos como más ventas, más clientes, más seguidores; se pierde el valor de la persona porque ahora puede ser material consumible para el resto – con la excepción de familia y amigos cercanos -. Sin embargo, esto va de la mano por el deseo de ser famoso, buscan ganar seguidores, que el público los reconozca y “alabe” su imagen; ventilan su intimidad, sus fiestas, sus romances; puesto que construyen un personaje ficticio hasta cierto punto con el fin de que esta imagen siga vendiendo. Estos nuevos famosos ganan no solo la admiración del resto, sino al público y, por ende, el alcance que le dan a las respectivas empresas que los auspician; por lo tanto, entre más “los quiere” la gente, las marcas detrás del personaje se multiplican.


Por otra parte, las redes sociales representan al sólido pilar que sostiene la gran diversidad de famosos en el entorno peruano. Un individuo famoso puede serlo debido a un escándalo (pelea, infidelidad, relación con alguien del “medio”) o por pertenecer a un programa de televisión, ser cantante de un grupo musical local, futbolista, entre otros; sin embargo, su fama no se mantiene si este personaje no tiene una cuenta oficial (Instragram, Facebook, Tik Tok) en la que sus seguidores puedan demostrar qué tan fuerte es la influencia de esta personalidad. Entonces, es indispensable que un personaje satisfaga a su público a través de su propia exposición mediante las redes si es que su intención es permanecer como parte de los ideales de consumo del sector al que su imagen está dirigida. En cambio, aquellos cuyo nacimiento se debió a este tipo de plataformas sociales, ya pertenecen a un grupo en el que pueden entrar a la televisión si lo desean o moverse por otros ámbitos, puesto que ellos ya crearon un personaje moldeado de cierta manera para agradar al resto y, así, construyeron el “porqué” de su fama; es decir, a diferencia de los personajes que nacen de “ampays” y/o televisión, estas personalidades no fueron definidas por una circunstancia tercera que los “encasilló”, sino que ellos construyeron su personaje de acuerdo con definición. De igual manera, ambos grupos convivientes venden su imagen y estilo a su manera, con la intención de expandirse y estar en todas las pantallas posibles. Ahora debido a esta nueva generación de los medios, se hace mucho más fácil la proliferación de estos; puesto que si ya se es “conocido(a) por nada” se puede acceder a los medios televisivos como invitado o tener oportunidades en la actuación, teatro, canto.


Por otro lado, estas plataformas permiten que el público pueda expresar sus opiniones, juicios y comentarios a través de las redes en las que vive el famoseo en su máximo esplendor. Esto se puede tomar como un arma de doble filo, puesto que, si bien los haters pueden expresar su “opinión” desaprobatoria con sabor a ofensa en muchos casos; este tipo de comentarios también les generan más presencia en el medio a las figuras públicas en cuestión. Como se mencionó en párrafos anteriores, la prensa puede limpiar o ensuciar la imagen de cualquiera según su conveniencia; lo mismo aplica en este caso, pero ahora depende de los seguidores. Si alguna persona no siente el más mínimo agrado ni respeto por el personaje, se lo puede hacer saber mediante insultos, críticas, juicios sobre la base de, quizás, estereotipos físicos, sociales, misóginos, familiares o cualquier infinidad de ocurrencias que se tengan.


En conclusión, como lo planteó Varcárcel (Balbona, 2008), la sociedad actual no puede prescindir de toda la banalidad, pero si la banalidad irrumpe y toma constantemente el espacio que debe tener reservada la información, entonces estás produciendo una población carente de educación. De esta manera, a través de un simple recuento de la farándula peruana o Chollywood, se puede analizar su evolución y apreciar lo que la sociedad ha valorado con el pasar de los años: en un inicio, belleza y admiración hacia los actores, conductores de televisión; para finalmente valorar los chismes, ampays, peleas, discordias, intimidad, etc. A partir de esto, mantengo una posición personal en la que prevalece el rechazo hacia lo superficial debido a que se deteriora la seriedad que se les da a los medios de comunicación, malversando el uso que se le da a este importante recurso. Por lo tanto, como lo menciona Lipovetsky y Serroy (2010), solo la educación y nivel cultural será la respuesta indicada para desarrollar otras exigencias aparte de la simple curiosidad de lo superficial.


Referencias
Balbona. G (2008). La cultura del famoseo no es del todo compatible con la dignidad humana. El Diario Montanés. Extraído de: https://www.eldiariomontanes.es/20080722/cultura/uimp/cultura-famoseo-todo-compatible-20080722.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F
Lipovetsky, G., & Serroy, J. (2010). La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada. Barcelona: Anagrama

Videos de interés:
Humor peruano: https://www.instagram.com/p/CCoU3ARhEPI/?igshid=hdwnxn8rkeo1
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Camila Maguiña
cd.maguinap@alum.up.edu.pe
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