Las “fake news” pueden matar

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Escrito por César Yupari Chaccha. Editado por Pía Noblecilla

En 2016, Donald Trump, el entonces candidato presidencial, introdujo el término fake news en un debate público para desestimar las críticas y acusaciones que iban dirigidas en contra de su postulación. Ese mismo año, las fake news también fueron protagonistas en el referéndum del Brexit que decidió la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Desde esa fecha a la actualidad, el uso de las estas como referencia a una noticia con contenido falso se ha extendido y es utilizado de manera regular principalmente por los internautas. Pero, ¿a qué se refiere exactamente este concepto y cuáles son sus implicancias en un contexto de pandemia? Este breve texto tratará de responder a estas preguntas. 

De acuerdo a la UNESCO (2020), las fake news o “noticias falsas” encierran una idea contradictoria entre el concepto de noticia y el significado de falsedad. En un mundo previo al internet donde las noticias eran divulgadas por los medios de comunicación tradicionales (radio, televisión y prensa escrita), la investigación periodística y el contraste de fuentes informativas constituían el sello que certificaba que una noticia era verídica. Dado que el fin de una noticia es la de informar a través de contenido que se puede verificar en hechos reales, resulta ilógico que una noticia pueda contener hechos falsos. A pesar de este contrasentido, el uso del término fake news en esta época de redes sociales no distingue entre noticias basadas en hechos comprobables y simples mentiras. Más aún, la incertidumbre se incrementa debido a la gigantesca cantidad de información que circula por internet, a la inmediatez que ofrece el smartphone como punto de acceso y de difusión, y a la potencialidad que tiene cualquier información (real o falsa) para viralizarse. Esto, evidentemente, dificulta el discernimiento entre algo que es fáctico y algo que es dudoso o simplemente falso. 

Un esfuerzo desde el sistema de Naciones Unidas y desde el periodismo para discutir el problema de las fake news ha sido plantear algunas definiciones más precisas (PAHO, 2020; ICFJ, 2018). Por un lado, se ha convenido llamar disinformation a aquella información malintencionada que es compartida deliberadamente para hacer daño o engañar. Un ejemplo de esto es el trabajo en redes sociales que realizó la consultora Cambridge Analytica para atacar con historias falsas a adversarios de Trump en la elección de 2016 y para difundir información dudosa sobre las desventajas que representaba para el Reino Unido el quedarse como parte de la Unión Europea. Por otro lado, se ha establecido en llamar misinformation a aquella información que es falsa o dudosa, pero que es compartida sin saber su naturaleza engañosa. Por ejemplo, en estos últimos meses, ha sido muy común recibir información abiertamente falsa relacionada al COVID-19 de círculos tan cercanos como el familiar o el amical. Es muy probable que aquella receta milagrosa que te compartieron por Whatsapp para protegerte del coronavirus no llegado a ti con la intención de dañarte. Tal vez la persona que te pasó esa información creyó que era de verdad.

Más allá de la utilidad que tienen las categorías para entender un fenómeno relativamente nuevo, queda claro que una información falsa o dudosa puede disfrazarse como una noticia tradicional para que gane cierto grado de credibilidad, con lo cual se hace más fácil su aceptación como verdadera. Es común también que estas informaciones falsas o dudosas apelen a los sentimientos más básicos de las personas (miedo o ira principalmente) para ser adoptadas sin un mayor análisis racional. Además, en un contexto donde algunas redes sociales intrusivas como Facebook tienen un perfil detallado de las preferencias de sus usuarios, es más probable que uno vea publicaciones (reales o falsas) que refuercen nuestras creencias personales.

El fenómeno de la desinformación ha sufrido un efecto multiplicador cuando la amenaza de una pandemia fue cobrando seriedad a inicios de 2020. La Organización Mundial de la Salud indicó en febrero que estaba en ciernes una situación que denominó infodemia, es decir, una proliferación indiscriminada de información de todo tipo sobre el desarrollo del COVID-19 (New York Times, 2020). Mucha de las publicaciones en internet y en las redes sociales discutieron el origen animal del coronavirus y más bien lo atribuyeron a fuentes tan disímiles como una disputa geopolítica entre el gobierno chino y el gobierno estadounidense o la intervención directa de personajes como Bill Gates o George Soros en la elaboración del virus. Conforme fueron pasando los meses y se fueron estableciendo las medidas de control en cada uno de los países, las informaciones en internet versaban sobre teorías conspirativas (la finalidad maquiavélica de un virus creado por humanos para reducir a la población del mundo), estrategias de control epidemiológico (cuestionamiento sobre las cuarentenas y las recomendaciones de distanciamiento social y el uso de mascarillas), posibles tratamientos (médicos o tradicionales) y posibles curas (los prospectos de vacunas). A pesar de ser un organismo medianamente respetado a nivel internacional, la OMS también ha sido blanco de críticas que fueron escalando en proporción directa al nivel de contagios en el mundo.  

El escepticismo sobre el virus SARS-Cov-2 como un agente causante de muertes también ha calado en el imaginario de algunas personas quienes reproducen constantemente información que disiente de las políticas oficiales de salud pública para luchar contra el COVID-19. La confluencia de informaciones falsas, dudosas o verdaderas se asemeja a una neblina densa que dificulta la labor de los gobiernos y entorpece la toma de decisiones de las personas para salvaguardar su salud. En este sentido, se podría indicar grosso modo que la desinformación ha contribuido a agudizar los problemas que el mundo enfrenta para doblegar al COVID-19. Se podría decir incluso, sin exagerar, que la desinformación ha llegado a matar. 

Quizá el ejemplo más evidente de cómo la desinformación ha cobrado víctimas mortales es lo que viene ocurriendo en el Perú. Algunos reportes oficiales de los hospitales de diversas regiones del país indican que las personas que han ingerido sustancias como el dióxido de cloro o que se han automedicado durante la etapa inicial de la enfermedad son las que después han presentado más gravedad en sus cuadros clínicos, incluso hasta el punto de culminar en muerte (RPP, 2020; Correo, 2020; Ojo Público, 2020). Si se suma las condiciones médicas preexistentes más complicadas (diabetes, hipertensión y obesidad) a este cóctel de medicinas y tratamientos alternativos, las personas prácticamente se estarían condenando a sí mismas por confiar en información dudosa, incompleta o abiertamente falsa. Este sería, por ejemplo, el caso de los corticoides como la prednisona o la dexametasona que, a pesar de su probada efectividad como antiinflamatorio en las etapas avanzadas del COVID-19, son sumamente perjudiciales para casos leves, ya que suprime el sistema inmunológico de las personas cuando en realidad necesitan que sus defensas estén altas para combatir al virus (BBC, 2020; Mayo Clinic, 2019). 

Esto fue planteado en una reciente entrevista que dio Juan Carlos Celis—médico del Hospital Regional de Loreto que estuvo al frente la crisis de abril y mayo en esa región—al periodista Marco Sifuentes (2020), quien indicó que la mayoría de fallecidos registrado en esa ciudad o habían estado consumiendo dióxido de cloro o se habían estado medicando con corticoides e ivermectina en etapas tempranas de la enfermedad. Este galeno señaló que la ingesta de esta sustancia y de los medicamentos mencionados solo agravó la salud de los pacientes y redujo sus chances de vivir. Lamentablemente, esta información que ya ha sido contrastada con experiencias similares en otras regiones y en otros países todavía no forma parte de una estrategia comunicacional del Estado que confronte mucha de las informaciones falsas o dudosas que siguen circulando en internet sobre tratamientos y curas “milagrosas”. 

Si bien es cierto que a finales de agosto ha salido la campaña mediática del gobierno denominada “No seamos cómplices” para concientizar a la población sobre los riesgos de las reuniones o visitas familiares, esta solamente se enfoca en resaltar la irresponsabilidad o la ingenuidad de las personas quienes no miden sus actos y sufren con las imágenes de sus familiares que desfallecen. Desde el punto de vista de las ciencias conductuales, puede llegar a ser sugerente e incluso convincente apelar al miedo para que ciertas conductas se restrinjan o se supriman (The Decision Lab, 2020). Sin embargo, esta incursión mediática parecería haber llegado tarde (después de 5 meses del inicio de la cuarentena generalizada) para que sea efectiva y le plante cara a la desinformación que pulula en internet, especialmente en las redes sociales.

La gran pregunta es ¿qué hacer ante este escenario? Se plantea tres caminos que no se excluyen mutuamente: a) la prohibición oficial y de carácter normativo de la desinformación, b) la autorregulación por parte de las empresas de medios para monitorear información falsa o dudosa que fluya a través de sus plataformas y c) la cooperación independiente de la sociedad civil que realice fact checking o verificación de datos. Por el lado de la legislación, no existe un consenso sobre la eficiencia de esta medida para detener la proliferación de información falsa o dudosa, sino más existe una preocupación legítima de que se utilice la ley para censurar y debilitar la libertad de expresión. Por el lado de la autorregulación de los medios, existe una política por parte de Facebook, Twitter y otras plataformas en internet que moderan el contenido para identificar información falsa y censurarla. Esto, evidentemente, requiere confiar a ciegas en la buena fe de las empresas, lo cual no siempre es conveniente ni efectivo. Por último, la última opción de la cooperación entre la sociedad civil parecería ser la más eficaz dado que requiere del compromiso genuino de personas que realmente se compren la idea de combatir el fuego con fuego. El fact checking o verificación de datos se ha convertido en una herramienta efectiva para desmentir o aclarar información falsa o dudosa que circula en internet. En este esfuerzo principalmente se encuentran asociaciones de periodistas que tienen las herramientas y el conocimiento digital para utilizar una metodología parecida a la que utilizan los desinformadores para viralizar su contenido (Reuters Institute, 2020).

En el Perú, el panorama de la lucha contra la desinformación es poco esperanzador, sobre todo en un contexto de pandemia. Como se mencionó líneas arriba, la batalla discursiva que pretende establecer el gobierno con la campaña “No seamos cómplices” llega con un retraso enorme y con un mensaje que repite los mismos argumentos que Vizcarra esgrimió con regularidad en sus intervenciones de medio día: no salgas y protégete. Es decir, más de lo mismo. Pero, ¿cuál es la recomendación oficial para aquella persona contagiada que, por miedo y por necesidad económica, está decidida a automedicarse o a recurrir a tratamientos alternativos? No hay nada al respecto. Luego de casi de seis meses desde que inició la emergencia sanitaria, ni siquiera hay un consenso entre los diferentes organismos que están a cargo de la atención de salud sobre el protocolo que deben de seguir las personas que sospechan haberse contagiado o que tienen la certeza de que ya tienen el virus en su cuerpo. Si no existe un norte o una guía desde el gobierno central que marque la pauta, es predecible que los vacíos de contenido informativo veraces sigan ocupándose por informaciones de dudosa procedencia (a veces, incluso, promovidas por las mismas autoridades gubernamentales). 

No obstante, esta contienda no ha sido ignorada por personas que han entendido la seriedad de las consecuencias de la desinformación. Existen esfuerzos encomiables—que serían dignos de ser replicados o apoyados—como los que lleva a cabo portales periodísticos independientes como Ojo Público con su iniciativa “Ojo Biónico”; El Filtro y sus intervenciones de fact checking en Twitter; Convoca.pe (asociado a la Red Internacional de Fact Checking) y su iniciativa “Convoca Verifica”; y el apartado de opinión de la página web “Somos Periodismo” de la PUCP que está conformado por estudiantes y docentes de periodismo. Es claro que, así como existe la proliferación de información dudosa o falsa a través de internet, también hay iniciativas privadas que tratan de combatirla y que incentivan a las propias personas a difundir la información real, contrastable y verificable. La cuestión es si esto será suficiente para detener la hemorragia de desinformación que vive el país y que está afectando la salud de los peruanos. Esperemos que, por el bien de todos, los esfuerzos gubernamentales y ciudadanos se conjuguen en el corto plazo, se masifiquen y se legitimen en el menor plazo posible, ya que el virus no descansa.

Referencias

BBC (2020). Coronavirus y dexametasona: en qué pacientes es efectiva y por qué. Recuperado el 06 de setiembre de: https://www.bbc.com/mundo/noticias-53093017

Diario Correo (2020). Tres de cada 10 pacientes COVID tomaron el dióxido de cloro. Recuperado el 06 de setiembre de: https://diariocorreo.pe/peru/tres-de-cada-10-pacientes-covid-tomaron-el-dioxido-de-cloro-noticia/

Marco Sifuentes (2020). Juan Carlos Celis: Qué hacer si uno sale contagiado. Recuperado el 04 de setiembre de: https://www.youtube.com/watch?v=vqwJTY18j-k

Mayo Clinic (2020). Prednisona y otros corticoides. Recuperado el 06 de setiembre de: https://www.mayoclinic.org/es-es/steroids/art-20045692

International Center for Journalists (2018). A Short Guide to the History of ‘Fake News’ and Disinformation: A New ICFJ Learning Module. Recuperado el 03 de setiembre de: https://www.icfj.org/news/short-guide-history-fake-news-and-disinformation-new-icfj-learning-module

Ojo Público (2020). Grupo de médicos es investigado por recomendar tratamientos falsos contra la Covid-19. Recuperado el 06 de setiembre de: https://ojo-publico.com/2062/grupo-de-medicos-es-investigado-por-recomendar-curas-falsas

Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura – UNESCO (2020). Journalism, ‘Fake News’ and Disinformation: A Handbook for Journalism Education and Training. Recuperado el 03 de setiembre de: https://en.unesco.org/fightfakenews

Organización Panamericana de la Salud – OPS/PAHO (2020). Understanding the Infodemic and the misinformation in the fight against COVID-19. Recuperado el 03 de setiembre de: https://iris.paho.org/bitstream/handle/10665.2/52052/Factsheet-infodemic_eng.pdf?sequence=14

Radio Programas del Perú (2020). Cusco: El 30 % de pacientes con la COVID-19 se automedican con ivermectina y dióxido de cloro. Recuperado el 06 de setiembre de: https://rpp.pe/peru/actualidad/coronavirus-en-peru-cusco-el-30-de-pacientes-con-la-covid-19-se-automedican-con-ivermectina-y-dioxido-de-cloro-noticia-1287173?ref=rpp

Reuters Institute (2020). Fact checking a global story. Recuperado el 04 de setiembre de: https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/calendar/fact-checking-global-story

The Decision Lab (2020). Game Theory Can Explain Why You Should Wear A Mask Regardless Of What You Believe. Recuperado el 04 de setiembre de: https://thedecisionlab.com/insights/health/game-theory-can-explain-why-you-should-wear-a-mask-regardless-of-what-you-believe/ 

The New York Times (2020). W.H.O. Fights a Pandemic Besides Coronavirus: An ‘Infodemic’. Recuperado el 03 de setiembre de: https://www.nytimes.com/2020/02/06/health/coronavirus-misinformation-social-media.html

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