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Escrito por Silvana Chávez. Editado por Raisa Escudero

Desde el 25 de mayo de 2020, día en que todos fuimos testigos de la lamentable muerte de George Floyd en Minneapolis (Minnesota), quien fue estrangulado salvajemente por un policía, cada día en Estados Unidos es un nuevo día de protestas contra el racismo policial. Y es que, la brutalidad de este acontecimiento ha causado tal indignación, que estas masivas protestas continúan, a pesar de la pandemia en que nos encontramos.

Soy consciente de que lo primero que podría venir a la cabeza de los lectores es que este problema nos resulta ‘lejano’, al tratarse de un evento acontecido en otro país. Sin embargo, con este artículo quiero reiterar que no es así. Que un problema ocurra ‘lejos’ de nosotros, no significa que nos sea ajeno. Esto se debe a que la razón que motivó dicho crimen (el racismo) es lo que también motiva a muchos otros policías a maltratar a ciudadanos con determinadas características, en este caso, por su color de piel, está muy presente y arraigado también en nuestra sociedad. 

Como señala la página web del Estado peruano ‘Alerta contra el racismo’, este es un fenómeno social y un problema que afecta gravemente a la sociedad peruana y que se materializa en la exclusión o vulneración de derechos y libertades de las personas. Es un problema que nos aqueja hace muchísimos años, probablemente desde los orígenes del Perú como Estado independiente, y que ahora se manifiesta con simples expresiones que escuchamos en el día a día y que, eventualmente terminan en un asesinato, como el caso de Floyd. 

Una encuesta realizada por el Ministerio de Justicia en 2013 demuestra que un 81% está de acuerdo en que la discriminación ocurre todo el tiempo y nadie hace nada (Ministerio de cultura, 2017). Es por ello que decidí pronunciarme al respecto y creo que todos debemos hacerlo. Porque, como dice la famosa frase, al quedarnos callados, estamos apoyando al opresor. Así no haya publicado mi cuadradito negro (cada uno es libre de apoyar a la causa de la forma que mejor considere), creo que lo sucedido en EE. UU. definitivamente debe llamar nuestra atención y motivarnos a hacer algo al respecto, en la medida de lo posible.

En Estados Unidos, la discriminación contra la que se protesta es contra afroamericanos. En Perú, dada la diversidad de culturas y etnias, el racismo tiene a varios grupos como victimarios, afectando principalmente a personas pertenecientes a poblaciones indígenas, afrodescendientes y personas de ascendencia andina o amazónica. Según la encuesta previa, más de la mitad de peruanos/as se ha sentido discriminado; el 59% de peruanos/as percibe que la población quechua y aimara es discriminada por su forma de hablar, su vestimenta e idioma; el 60% percibe que la población afroperuana es discriminada por su color de piel, rasgos físicos y porque son asociados a la delincuencia; y el 57% percibe que la población indígena o nativa de la Amazonía es discriminada por su forma de hablar, su vestimenta y sus rasgos físicos. 

Siendo esto así, ¿cómo puede haber gente que aún niega el racismo? Estos días, no faltaron quienes se pronunciaron diciendo, por ejemplo, que hay tantos blancos asesinados por negros como negros asesinados por blancos, o que el peor racismo es el anti-racismo. Esto no es así. Quienes estamos en contra del racismo afirmamos la existencia de este porque es evidente en la realidad, como demuestran las encuestas para el caso del Perú. El asesinato de George Floyd es brutal y por eso refleja claramente la existencia del racismo, el cual resulta identificable a ojos de cualquier espectador. No obstante, en algunos casos es menos evidente.

Por ejemplo, en nuestro lenguaje coloquial, mediante el cual frecuentemente los peruanos ‘choleamos’ muy fácilmente. Denigramos a un compatriota por sus rasgos físicos, por su procedencia, por su ‘dejo’, por sus costumbres, su idioma o su vestimenta. No podemos negar que esto aún sucede en distintos ámbitos de nuestro entorno. Aunque probablemente no en nuestro círculo social o familiar más cercano, las encuestas revelan que hay un gran porcentaje de peruanos que ha sido y es actualmente víctima del racismo. No hay que ir muy lejos. Frases como ‘mejorar la raza’ o palabras como ‘serrano’, ‘indígena’ o ‘veneco’, usadas con una connotación negativa son proferidas con normalidad, incuso por figuras públicas (donde hay que tener cuidado sobre a quienes seguimos o admiramos).

Tanto la violencia por motivos raciales en EE. UU., como las formas de racismo más ‘sutiles’ usadas en el Perú reflejan graves problemas en nuestra estructura social. 

El principal de ellos es la desigualdad. Esto es lo que está detrás de la todo el enojo que expresan los protestantes por la muerte de George Floyd (The economist, 2020). Así como en EE. UU., en nuestro país también hay profundas desigualdades en materia económica, de salud y judicial, que no deberían existir ya en un sistema como el nuestro, que supuestamente protege los Derechos Humanos, reconoce la igualdad de todos ante la ley y proscribe la discriminación. Así lo establece la Constitución y muchas otras normas en el Perú. Sin embargo, la desigualdad se manifiesta diariamente, en la falta de acceso a servicios públicos como la salud, el agua y la educación, que sufren muchos peruanos por encontrarse en una clase social o situación económica distinta a aquellos que sí podemos pagar por ello. Esto es injusto y no debería ser así.

Otro problema que se refleja con el racismo es la polarización, definida como aquel proceso por el cual se establecen características en conjunto que determinan la aparición de dos o más polos, que se consideran opuestos uno respecto al otro. Así como muchos consideramos que la muerte de Floyd fue indignante y totalmente injusta, pues la conducta del policía opresor estuvo motivada en el racismo; hay también quienes argumentan que esta muerte no debería tener tal ‘trascendencia’, pues alegar que se debió a motivos raciales es exagerar; es decir, niegan el racismo

Aunque nadie puede estar, legítimamente, a favor del racismo, desde el punto de vista sociológico, hay dos patrones que lo apoyan, así sea indirectamente: la negación (que funciona como mecanismo de defensa) y la naturalización (que, en realidad es una forma de negación no expresa). Sin embargo, actualmente no es razonable negar la existencia de racismo. Ya hemos visto, con las encuestas expuestas, que el racismo existe y, lamentablemente, está muy arraigado en nuestra sociedad, así como en muchas otras. 

Es cierto que es importante mantener un pensamiento positivo, pero lo que no podemos hacer es cerrar los ojos a una realidad cada vez más evidente y urgente de cambio. El COVID 19 no se puede evitar. El racismo, sí. Hagamos algo al respecto. Aunque lo ocurrido en EE.UU. nos parezca muy lejano, sepamos que no es así. En aquel afroamericano asesinado se manifiesta la misma falta de empatía que está en el rechazo a costumbres o creencias distintas a las nuestras, así como otras formas no tan evidentes de racismo. Debemos tener la capacidad de extrapolar lo que ocurre en el otro lado del mundo a nuestra realidad y no quedarnos en el ‘no nos afecta’, para cuidar aquello que normalizamos.

 Solo te puedes cambiar a ti mismo, pero a veces eso lo cambia todo

  • Gary W Goldstein  –

Bibliografía:

Ministerio de Cultura. (2017). Encuesta Nacional ‘Percepciones y Actitudes sobre Diversidad Cultural y Discriminación Étnico-Racial’. Alerta contra el racismo. Recuperado de: https://alertacontraelracismo.pe/discriminacion-y-racismo-en-el-peru.

The Economist.(2020). The grim racial inequalities behind America’s protests [Las nefastas desigualdades raciales detrás de las protestas Americanas]. Recuperado de: https://www.economist.com/united-states/2020/06/03/the-grim-racial-inequalities-behind-americas-protests

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